lunes, 12 de abril de 2021

La vuelta al día en ochenta mundos – Julio Cortázar

 

He empezado a leerme este libro con treinta años de retraso. Y esto ha hecho que al principio la admiración sin límites que siempre sentiré por Julio Cortázar se mezclara con sentimientos menos puros y más críticos, fruto de los años y las lecturas que me separan de aquel primer deslumbramiento juvenil por su obra. Y es que no hay nada que envejezca peor que la ultramodernidad vista en la retrospectiva del paso de los años.

Pero a eso de la mitad del libro llego al texto titulado Hay que ser realmente idiota para, que parece haber sido colocado ahí ex profeso por el autor para que yo me lo encuentre muchos años después y me sirva de merecido rapapolvo por las dudas que acabo de mencionar:

Todo esto me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas. (el subrayado es mío)

Y así redescubro la capacidad que Cortázar ha tenido siempre de explicarme mi vida y de ponerme en mi sitio con un párrafo bien atinado. ¿Qué hago leyendo este libro desde la historicidad de las cosas? A Cortázar hay que leerlo desde el entusiasmo idiota que él mismo aplicaba a sus escritos sobre jazz, las reseñas recogidas en este volumen sobre las actuaciones de Louis Amstrong o Thelonious Monk a las que asistió igual llevan a la desesperación a los más entendidos, pero a los que el jazz nos resulta una cacofonía insondable nos despiertan las ganas de abrir las orejas y darle otra oportunidad, porque algo que puede llevar a alguien a tales extremos de felicidad no puede ser malo. 

Cortázar quiere / requiere un lector cómplice, que se siente a su lado a elaborar con él su obra y no espere a que se lo den todo hecho. Su mayor aspiración era poder escribir de la misma manera que tocaban sus grandes ídolos del jazz, llevando a la escritura esa combinación de talento e improvisación que obliga al espectador a ser partícipe activo de una escucha poco complaciente y por eso mismo muy intensa.

Detesto al lector que ha pagado por su libro, al espectador que ha comprado su butaca, y que a partir de ahí aprovecha el blando almohadón del goce hedónico o la admiración por el genio. ¿Qué le importaba a Van Gogh tu admiración? Lo que él quería era tu complicidad, que trataras de mirar como él estaba mirando con los ojos desollados por un fuego heracliteano. Cuando Saint-Exupéry sentía que amar no era mirarse el uno en los ojos del otro sino mirar juntos en una misma dirección, iba más allá del amor de la pareja porque todo amor va más allá de la pareja si es amor, y yo escupo en la cara del que venga a decirme que ama a Miguel Ángel o a E.E. Cummings sin probarme que por lo menos en una hora extrema ha sido ese amor, ha sido también el otro, ha mirado con él desde su mirada y ha aprendido a mirar como él hacia la apertura infinita que espera y reclama.

Hacia el final del libro habla de los takes, las grabaciones sucesivas de un mismo tema musical de las que se elige la más satisfactoria (no necesariamente la mejor) para ser publicada en el disco definitivo. Y señala que en el take la creación incluye su propia crítica y que por eso se interrumpe muchas veces para recomenzar. Así, los takes descartados pueden abrirnos la puerta del taller del artista, dejarnos asistir a sus avances y a sus caídas. Y concluye: yo no quisiera escribir más que takes.

Este libro, más que ningún otro de Cortázar, presenta al lector el cuaderno de trabajo de un autor en pleno proceso creativo. Con textos elaborados junto a intentos, experimentos y fracasos, las tomas falsas y los descartes, como ya hiciera en Rayuela pero aquí sin intentar siquiera darles una unidad de conjunto o un sentido último. Este libro es literatura en caída libre, y quien no esté dispuesto a despeñarse por el abismo de la mano del autor es mejor que se abstenga de su lectura.

Yo me entenebrecí y esa tarde, después del arcoíris, puse discos de bop y después inauguré otro de Jimmy Heath donde un pianista que responde al ecológico nombre de Cedar Walton deja caer con una disciplente hermosura todo lo que le nace del tema de My Ideal, que es mucho.

No hay comentarios: