martes, 2 de febrero de 2021

El mal de Corcira – Lorenzo Silva

La empatía con el enemigo es un arte jodido. No solo para ellos. (pg. 456)

Desde que en 2011 descubriera las novelas de Bevilacqua y Chamorro, leyéndome de un tirón todos los títulos publicados hasta entonces, he ido siguiendo la serie con absoluta fidelidad y dedicación. Unas entregas me han gustado más que otras a título personal, pero la línea cronológica que van trazando los personajes fijos de la serie y los que se les van sumando, el testimonio que van dejando del paso del tiempo y de los años en los que les toca vivir, hace que los tenga tan presentes como si fueran amigos lejanos con los que mantengo un contacto esporádico pero siempre bienvenido.

Y esta última entrega de la serie, El mal de Corcira, se ha convertido de manera instantánea en mi libro favorito del autor y sin duda va a ser una de las mejores lecturas de este año que acaba de empezar. Lorenzo Silva siempre se ha distinguido en sus novelas por la profunda ética desde la que el protagonista contempla, sin juzgar aunque sí que puede llegar a condenar, los hechos de los que es testigo y sus propias reacciones ante ellos. Y en esta novela por fin se atreve con uno de los grandes dilemas morales de nuestra historia más reciente, la lucha antiterrorista en el País Vasco. Como de costumbre aborda el tema con valentía y ecuanimidad, defendiendo sin rubor las propias convicciones pero intentando comprender también las del contrario. Sin odio y sin compasión, si tal cosa es posible.

Para perdonar, antes hay que perdonarse, y para esto hay que aceptar el mal que tiene que ver con uno. Limitarse a olvidarlo no sirve de nada. (pg. 535)

Sin embargo, El mal de Corcira no es una novela sobre lo que Bevilacqua llama «los años de plomo», aunque el tema está muy presente y es crucial en la trama. El autor escribe siempre sobre personas y no sobre situaciones, los hechos que narra son las circunstancias que viven unos personajes concretos cuya experiencia particular va a servir para ejemplificar la situación, nunca para generalizarla. Finalmente, lo que queda al terminar de leer esta novela es la imagen de unas personas viviendo con mayor o menor fortuna la vida que les ha tocado vivir, según sus compromisos personales y su valor humano. Mira mis esperanzas, mira mis sueños, dice la canción que se cita en varias ocasiones. Y vaya si el autor ha sabido mirarlos.




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