viernes, 18 de diciembre de 2020

Tengo una pistola – Enrique Rubio

 

Hace poco el autor escribía en su Facebook a propósito de una reciente relectura de este libro: «He sentido que esta novela no podría publicarse ahora en ninguna parte, ni en la editorial más marginal y libre que pueda existir». Tratándose de un libro que en 2009 consiguió un premio literario y una publicación con un elogioso prólogo de Lorenzo Silva, cabe preguntarse cómo es posible que hayan cambiado tanto las cosas en once años.

Es cierto que el apogeo de las redes sociales ha traído consigo el triunfo de las interpretaciones más literales y del sentirse ofendido por todo. El público parece haber perdido la capacidad de reconocer la ironía y de leer entre líneas, lo que es muy mala noticia para un libro como este en el que lo que no se dice explícitamente es bastante más duro e inquietante que toda la carga ofensiva de sexo y violencia que el autor, a modo de examen de ingreso, empieza soltando sobre el lector. El protagonista y narrador al que conoceremos como Cascaradenuez pasa sus días encerrado en su casa pegado al ordenador y la consola, chateando sobre formas cada vez más extremas de porno y evitando todo contacto físico con el resto de la humanidad. Sin haber podido encontrar su lugar en el mundo real, es el mundo virtual el que le abre sus puertas para poder ser quien quiera ser sin someterse al juicio ajeno, porque a diferencia del mundo biológico los entornos virtuales sí que han sido diseñados por un Creador que los ha dotado de lógica y justicia.

Pero más que una denuncia social o un reflejo de la influencia de la tecnología en la mentalidad de las nuevas generaciones, el modo extremo de vivir, pensar y relacionarse del protagonista es una cortina de humo tras la que se esconde una sobrecogedora realidad humana: Cascaradenuez tiene veinticinco años y lleva diez sin salir de su casa. No vamos a saber ni su nombre ni qué fue lo que le llevó a ese encierro a los quince años, aunque sus recuerdos de la época escolar nos pueden dar una pista al respecto, lo mismo que la ausencia de sus padres y la inutilidad y el oportunismo de su psicólogo. La soledad del protagonista es tan tremenda que la posesión de una pistola como posible vía de escape se vive como una buena noticia y un paso adelante, y su posterior relación con un ser de luz como es la Cajera dará lugar a algunas de las escenas de amor más divertidas, incómodas y desarmantes jamás escritas.

Toda esta situación estaba pidiendo a gritos un drama inculpatorio y vengativo, sin embargo Enrique Rubio decide muy inteligentemente hacernos partícipes de los pensamientos, ideas, temores y esperanzas de su protagonista en primera persona con total honestidad, sin filtros ni edulcorantes, en tiempo real y con la misma crudeza y sinceridad como los vive el propio Cascaradenuez. Por eso resulta imposible escandalizarse con las salidas de tono de esta obra, hacer que el lector observe el mundo desde los ojos del protagonista significa obligarlo a empatizar con él le guste o no. Y la elaboración literaria de estos elementos da como resultado una narrativa de alto nivel de lectura compulsiva y que revela que hay un auténtico escritor detrás de estas páginas. Realmente fue una suerte para los lectores que en 2009 aún fuera posible escribir y publicar libros como este.


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