lunes, 3 de agosto de 2020

Tiene que ser aquí – Maggie O’Farrell

Qué difícil resulta encontrar novelas capaces de hablar sin aditivos de la condición humana. A la hora de reflejar las relaciones entre las personas, los novelistas suelen regar sus páginas de azúcar, sal, limón, ácido y otras mezclas químicas menos reconocibles para situar su obra en un determinado género, o justamente para evitar el riesgo de ser encasillado en alguno de ellos. Esto da lugar a resultados muy desiguales, sin duda hay obras maestras de cada uno de estos sabores pero a veces apetece probar un libro sin procesar y con todos sus aromas naturales intactos. 

Para ello, nada mejor que las novelas de Maggie O’Farrell. Y de entre ellas, Tiene que ser aquí es mi favorita absoluta. Las historias entrecruzadas de Daniel Sullivan y Claudette Wells se narran de manera no lineal, a base de escenas clave de sus vidas que van apareciendo en desorden cronológicamente. Cada una de estas escenas irá proporcionando nuevas piezas del puzle que hay que recomponer y esto hará que en ocasiones el lector saque conclusiones erróneas sobre el carácter y los motivos de los protagonistas, que se irán viendo desmentidas y reajustadas en las escenas aún por venir. Y es que la vida tampoco se vive en una línea argumental definida, sino en momentos específicos donde las decisiones aparentemente intrascendentes que se tomen pueden llegar a ser decisivas en el transcurso posterior de la existencia. O igual no, porque tal vez haya acontecimientos destinados a ocurrir inevitablemente sin que nuestras acciones puedan hacer más que acelerarlos o posponerlos un tiempo. 

Hay una enorme belleza humana en esta novela de vidas poco ejemplares y una gran autenticidad expositiva en su forma de contarla, tan poco convencional y tan poco artificiosa al mismo tiempo. Maggie O’Farrell tiene el don de escribir libros con estructuras narrativas atípicas que consiguen dar la impresión de que esa era la única manera posible de relatar la historia que se está contando. La autora sabe darle a cada historia su propio estilo y su propio sabor específico, sin necesidad de recurrir a más aditivo que hacer sentir al lector la profunda autenticidad de lo narrado.


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