lunes, 10 de agosto de 2020

Mujeres y negros – Enrique Rubio

 
El libro es el eterno anhelo de todo ser vivo ancestral: replicarse a sí mismo sin cooperación con el prójimo.

La autoficción suele nacer de la complacencia. El alter ego que se crea el escritor, por mucha ironía que se ponga en el proceso, viene a ser una versión idealizada y mejorada del natural y en la que los lectores podrán proyectarse con gusto. ¿Pero qué hacer entonces con la autoficción destructiva, la que confronta al autor y al lector por igual con lo peor de cada uno y donde la identificación sólo va a provocar incomodidad y rechazo?

El género cuenta con ilustres antecedentes y con fans incondicionales, pero también con torpes pastiches de quienes han intentado emular a Bukowski o a Boris Vian y se han quedado a las puertas, sin llegar a rozar siquiera toda la rabia, el dolor y el sentimiento no impostado de donde nacen las páginas más duras de las obras de estos autores.

Enrique Rubio, por suerte, es un alumno aventajado del género. Raúl Mazurek es un personaje insufrible, un sociópata de manual y casi de tebeo que sin embargo es capaz de redimirse como personaje gracias a los giros de tuerca que el autor sabe introducir cuando la sátira está a punto de pasarse de esperpéntica. Toda la novela bordea peligrosamente el abismo de la incredulidad y lo grotesco, pero al volante va alguien que sabe mantener el rumbo de la narración pese a lo complicado de la ruta y llevarla a un final sorprendente por su solidez.

Un libro que se dedica sistemáticamente a ridiculizar los dogmas sociales más intocables, a insultar a los compañeros de gremio y a hacer patente un desprecio absoluto hacia la raza humana difícilmente se va a convertir en un best seller. Y el panorama que dibuja de la industria literaria actual como un circo mediático donde saber escribir no tiene valor alguno frente a la importancia de saber venderse en público tampoco va a ser precisamente el trampolín hacia un gran contrato editorial. Pero a algunos nos da la vida el poder tener en las manos un libro arriesgado y cruel, que nos insulta como personas pero respeta nuestra inteligencia como lectores y nos obliga a identificarnos con un protagonista indeseable con el que acabamos teniendo más en común de lo que nos resulta confortable. Es esperanzador saber que, a pesar de todo, aún quedan autores que escriben libros como este y editores que se los publican. Ojalá queden también suficientes lectores que los compren y los sufran con placer.

Me gustaría poder escribir un día un grito en toda tu oreja; un artículo compuesto por cuatrocientas cincuenta puñetazos; un artículo en el que cada línea fuera una víscera arrancada o un latigazo en tu espalda.

Maldigo la literatura y sus limitaciones.

 

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