lunes, 17 de agosto de 2020

El hombre duplicado – José Saramago / Enemy – Denis Villeneuve

 

Se habla poco del registro utilizado por los autores al escribir, generalmente porque su mayor superpoder es el de la invisibilidad. El empleo de un lenguaje directo o elaborado, serio o irónico, coloquial o elevado, debe ser algo tan natural que pase por completo desapercibido al lector por formar parte inherente de la historia contada. El hombre duplicado, por desgracia, es un buen ejemplo de cómo una mala elección de registro narrativo puede hacer mucho daño a la historia que se cuenta. José Saramago es un escritor con un talento inmenso , pero la ligereza y la ironía no son terrenos en los que se mueva con la maestría que sí demuestra en registros más graves.

La historia de estos dos hombres desconocidos pero idénticos y sus reacciones ante la existencia del otro podía haber dado en manos de Saramago una gran novela filosófica sobre la identidad y la individualidad del ser humano. Pero el autor decidió sacarse de la manga un narrador sarcástico que se dirige directamente al lector para contarle la historia como si se tratara de un cantar de ciegos medieval, salpicándola de comentarios sobre el predicamento de los personajes y buscando con ello la ligereza pero consiguiendo en cambio quitarle gran parte del interés a la trama. El lector empieza el libro buscando la curiosa historia del hombre perdido que se encuentra a sí mismo en otra persona, pero acaba estancándose en un tratado ejemplificador de estilo farragoso.

En comparación, resulta un alivio la ausencia total de explicaciones y casi de diálogos en Enemy, su versión cinematográfica de la mano de Denis Villeneuve. El papel del narrador lo desempeña aquí la cámara, y lo hace particularmente bien. No hay ninguna voz en off que comente, explique o aclare, los escasos diálogos son puramente funcionales y la auténtica fuerza comunicativa con el espectador radica en las imágenes. La historia se corresponde básicamente con la del libro pero está narrada de una manera diametralmente opuesta: lo visual sustituye a lo verbal y lo enigmático a lo sarcástico. Esto puede dar pie a que los espectadores sin conocimiento previo de la trama no comprendan gran cosa de la misma, pero tampoco debería ser mayor problema porque esta película pide ser experimentada más que entendida y sabe hipnotizar durante noventa minutos al espectador dispuesto a dejarse llevar sin necesidad de racionalizar lo que ve.

Son muy pocas las veces que se puede decir de corazón que una película ha mejorado un libro, y esta es una de ellas. El mérito de la autoría recae indiscutiblemente sobre Saramago, pero es Villeneuve quien ha entendido mejor la fuerza del enigma que contiene esta historia y ha dado con el lenguaje perfecto para relatarla.


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