domingo, 19 de julio de 2020

Relojes de hueso – David Mitchell


Hay libros que no te lees sino que te vas a vivir a ellos. La trama, los personajes, las situaciones, todo se siente tan real cuando entras en sus páginas que cerrarlo y volver a la realidad requiere un esfuerzo de voluntad que no siempre surte efecto, dejando parte de tu atención e interés señalando el punto en el que retomar la lectura en cuanto sea posible.
Los libros de David Mitchell me producen este efecto. Muchos años después de su lectura todavía sigo mandando un saludo silencioso cuando paso por Zedelgem al compositor de El atlas de las nubes. Y Relojes de hueso me provocó en su momento un terremoto emocional de tal magnitud  que he tenido que volver a leerlo para terminar de digerirlo antes de embarcarme en la nueva novela que el autor está a punto de publicar.
Se le achaca a Mitchell que sus obras más recientes carecen de la transcendencia de Ghostwritten o El atlas de las nubes. Y que sus juegos formales y estilísticos se han ido vaciando de contenido para formar tramas argumentales complejas pero poco relevantes. Pero el problema de la relevancia en literatura es que se trata de un factor que depende mucho más de la circunstancias de la lectura que de la propia obra en sí. Para mí, Relojes de hueso fue tremendamente relevante cuando lo leí hace cuatro años. E incluso ahora, en una relectura que sin el factor sorpresa y los fuegos artificiales de la primera vez pone en evidencia las ineficacias narrativas inevitables en una obra de 600 páginas, la magia y la fuerza siguen ahí intactas.
Mitchell sabe crear un cóctel propio de géneros en el que una obra eminentemente literaria puede derivar con toda naturalidad en terror, narrativa histórica, fantasía o distopia. Y todos estos giros no van a ser guiños estilísticos o excentricidades de un autor buscando ser original, sino que es la voz con la que David Mitchell ha ido configurando un universo narrativo propio de intertextualidad explícita o tremendamente sutil. El autor ha dado con una llave para crear ficciones que dialogan entre sí y con el lector y su realidad de una manera muy poderosa. Y en literatura quizás sea esa la transcendencia que más relevancia tiene.
No cuento nada sobre la trama porque cualquier revelación argumental va a ser un destripe innecesario que puede estropear el placer de dejar estallar los giros argumentales del libro en la cabeza de quien lo abre por primera vez. La mejor manera de leer esta obra es dar un salto de fe y dejarse llevar por la corriente. Y, si es posible, despedirse de la realidad por un tiempo para irse a vivir entre sus páginas.
A song called ‘As I Went Out One Morning’ by Bob Dylan’s on the cassette player: Ian told me to choose anything so I chose this John Wesley Harding tape. The mouth-organ would normally put me off, but this song’s great: his voice is like the wind swering through a weird day.


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