miércoles, 10 de junio de 2020

Los siete años de abundancia – Etgar Keret


Los relatos de Etgar Keret son un resultado ejemplar de la enorme necesidad del ser humano de encontrar algo bueno en los lugares menos evidentes. Desde el humor negro y de toques surrealistas de sus primeros escritos hasta las supuestas crónicas de su vida cotidiana recogidas en Los siete años de abundancia, una constante de sus escritos ha sido siempre la búsqueda de una perspectiva desde la cual la fealdad del mundo sea capaz de generar un sentimiento de afecto y empatía en quien la contempla, sin necesidad de adornar la realidad para conseguirlo.
El narrador en primera persona de estos relatos, que bien podría ser el autor aunque quién sabe, va ofreciendo la crónica comentada de sus siete años de vacas gordas en estampas vitales de muy distinto signo, con una voz alternativamente divertida, melancólica o cínica pero siempre cautivadora. Estos años transcurren en los alrededores de la ciudad de Tel Aviv, donde se vive en un estado constante de guerra pero que al mismo tiempo constituye un refugio seguro contra el antisemitismo real o imaginario que vive en algunos de sus muchos viajes al extranjero. Estas circunstancias ni enturbian la narración ni se minimalizan: simplemente forman parte de una realidad compleja pero cotidiana, lo mismo que sus intercambios con una mujer y un hijo a los que adora pero que lo aterrorizan por su superioridad de carácter, con un entorno de gente profesional y capacitada que lo considera un artista bohemio poco preparado para la vida real, y con una familia de padres supervivientes del holocausto donde cabe tanto un hermano perfecto que acaba viviendo una vida de ecologista alternativo como una hermana ultraortodoxa con once hijos cuyos nombres el autor es incapaz de recordar pero a los que adora. Lo más extraño y sorprendente, vienen a decirnos estas historias, lo vivimos a diario como algo natural. A través de los ojos de este narrador a la vez ingenuo y desengañado podemos ver los pequeños milagros cotidianos como el bálsamo para el alma que son.
El escritor no es un santo ni un tzadik, ni un profeta en la entrada; no es más que otro pecador con una conciencia un poco más aguda y un lenguaje ligeramente más preciso, que utiliza para escribir la inconcebible realidad de nuestro mundo. No se inventa ni una sola sensación o pensamiento -ya existen mucho antes que él-. No es en lo más mínimo mejor que sus lectores -a veces es mucho peor-, y así debe ser. Si el escritor fuera un ángel, el abismo que le separa de nosotros sería tan grande que su escritura no podría acercarse lo suficiente para tocarnos. Pero como está aquí, a nuestro lado, enterrado hasta las cejas en barro y suciedad, es el que, más que ningún otro, puede compartir con nosotros todo lo que se le pasa por la mente, en las zonas iluminadas y especialmente en los oscuros recovecos.
 Del relato Otro pecador (traducción de Raquel Vicedo)




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