domingo, 26 de abril de 2020

La fortaleza de la soledad – Jonathan Lethem


 «For so long I’d thought Abraham’s legacy was mine: to retreat upstairs, unable or unwilling to sing or fly, only to compile and collect, to sculpt statues of my lost friends, like real actors, in my Fortress of Solitude.»
En esta novela semiautobiográfica de 2003, Jonathan Lethem lleva a cabo el exorcismo de su infancia y juventud de hijo de hippies blancos en el Brooklyn negro de los años 70 y 80. Y no lo hace precisamente desde la nostalgia. El punto de vista no es el del adulto que mira hacia atrás en su vida, sino que va recreando a lo largo de los sucesivos capítulos la visión sincrónica del niño / adolescente / joven / adulto en ese momento de su vida. Al principio el protagonista Dylan Elbus es un niño que tenía que sobrevivir al aburrimiento de cada uno de los interminables días de sus primeros años de vida, con el colegio y las calles como lugares hostiles donde no lograba integrarse sin que el hogar familiar fuera refugio alguno, porque el amor de sus padres no los capacitaba en absoluto para cuidar de su hijo.
Conforme Dylan van creciendo se va acelerando el ritmo de las vivencias y el paso subjetivo del tiempo, marcado por los referentes culturales de los años en los que vive y de las edades que atraviesa: los comics de Marvel, la música disco, soul y funky, el punk y la escena musical neoyorkina de finales de los 70. Dylan intenta escapar física y mentalmente del barrio que siente como una amenaza constante inventándose un superhéroe como alter ego, buscando estudiar en una universidad de postín donde poder reinventarse a sí mismo y fracasando estrepitosamente en estos intentos. Hasta que cree encontrar una especie de libertad vicaria en la música que le hablaba, irónicamente, de los orígenes de los que quería huir:
«Destroy de traces. I’d never tried to do that. Instead I’d lived in their midst for thirty years, oblivious, a blind man fancying himself invisible
 Como estrategia de supervivencia se crea su propia Fortaleza de la Soledad con las imágenes congeladas de su padre, de sus amigos, de la calle en la que creció y del barrio que lo aterrorizó todo el tiempo que vivió en él. Pero su vida adulta no es más que una impostura hasta que consigue salir de esa prisión interior en la que se ha recluido y lleva a cabo una peregrinación de penitencia a lo largo de los lugares y las personas del pasado. El confrontamiento con el estado actual de los mismos y con la realidad que nunca supo ver será lo que le permita por fin destruir las imágenes falsas de su juventud, abrazar la verdadera música que suena en su interior y emprender el camino del resto de su vida al ritmo de «Another Green World» de Brian Eno. Un final intenso y emotivo que hace bueno el esfuerzo de leerse las más de 500 páginas, bastante duras y a ratos farragosas, de este libro.



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