jueves, 16 de abril de 2020

El arco iris de gravedad – Thomas Pynchon


Leer algunos de los títulos intocables de la literatura es un desafío personal comparable al reto de escalar las cimas más altas del mundo. Es comprensible que haya a quien le cueste entender el placer de abrir Ulises, La broma infinita o ahora El arco iris de gravedad, y sumergirse en una lectura ardua, poco agradecida, no siempre interesante y que va a costar largas horas de la vida y alguna dioptría que otra. El lector que se embarque en esta hazaña se maldecirá a sí mismo muchas veces a lo largo de una lectura durante la cual habrá que atravesar desiertos, parajes inhóspitos, zonas de niebla y de profunda oscuridad. Pero que siempre compensa, porque en algún momento se acabará haciendo la luz y lo que se contemple entonces será de una belleza profunda e infinita, incomparable a la de ninguna otra lectura anterior o futura. O al menos hasta que llegue la siguiente montaña lectora que escalar, donde perderse por sus meandros, arriesgarse a la muerte por hipotermia en los pasajes más desoladoramente incomprensibles y finalmente morir otra vez de gozo ante una nueva perfección inesperada e indescriptible.

No puedo recomendarle a nadie que se lea este maravilloso libro. El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon es una auténtica locura de novela en la que el autor da rienda suelta a su pluma más desbocada, creando pasajes absurdos e incomprensibles, pero que suelen terminar en un par de frases que lo acaban poniendo todo en su sitio y dejan al lector descolocado de asombro y muerto de amor. Esto no es leer, es jugarse la cordura en cada página, y hay que ser muy adicto a la letra impresa para meterse en estos berenjenales.



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