viernes, 28 de febrero de 2020

Vicio propio – Thomas Pynchon + Inherent Vice – Paul Thomas Anderson


¿Qué ocurre cuando un escritor genial escribe un gran libro y después un director genial hace una gran adaptación al cine de este libro? Pues lo que ocurre es que se establece un diálogo entre ambas obras que va a proporcionar a quien se acerque a ellas en conjunto una experiencia inigualable y muy superior a la de enfrentarse a estas obras por separado.
En estos tiempos de atención dispersa, la lectura de autores como Thomas Pynchon no goza de gran popularidad: demasiado difícil, demasiado intelectual, demasiado incomprensible. Y es cierto que necesita que se le lea con los cinco sentidos y con todas las neuronas en acción, pero Pynchon además de exigente es un escritor brillante, divertidísimo, con una mirada crítica hacia la sociedad de su país y con una gran ternura cínica hacia sus personajes, a los que coloca en situaciones imposibles y los hace salir de ellas mejor o peor parados a su antojo.
En el caso de Vicio propio, los personajes se van moviendo en diferentes estados de enajenación por drogas a través de situaciones cada vez más aberrantes. Pero entre las nubes de humo y niebla entre las que se desenvuelven, se empieza a vislumbrar que el defecto de fábrica al que alude el título no se refiere a los hippies que buscan una alternativa a la sociedad en la que les ha tocado vivir, sino que esta sociedad de políticos mentirosos, guerras absurdas y corrupción a gran escala es la que oculta un vicio propio detrás de su fachada de respetabilidad. En estas circunstancias, andar descalzos por una playa californiana fumando porros puede resultar no ser una alternativa tan mala, aunque los crímenes de la familia Manson ya han empezado a poner fin a la inocencia de este estilo de vida anunciando su inevitable final.
El director Paul Thomas Anderson traslada este libro a la adaptación cinematográfica con la que debería soñar cualquier escritor. Siendo un gran admirador de Pynchon, transcribió primero la novela línea a línea al guion para hacer a partir de ahí las eliminaciones necesarias para la adaptación a la pantalla. Y la admiración debe de ser mutua, porque esta es la única adaptación cinematográfica de sus novelas que Pynchon ha autorizado hasta la fecha. La película conserva intactos el ambiente, los diálogos y el estilo narrativo del novelista, hasta los títulos de crédito están inspirados en los colores y la tipografía de la magnífica cubierta original de la novela. Pero la admiración infinita que Anderson demuestra hacia el autor no le impide prescindir de grandes partes del libro, adaptar escenas y personajes a su antojo, cambiar el final y permitirse todas las libertades necesarias para lograr convertir la literatura en cinematografía en una adaptación absolutamente ejemplar.
El proceso de leer un libro es muy diferente al de ver una película. La lectura supone ir compartiendo a ratos la vida de los personajes incorporándola al propio día a día, sin grandes fuegos artificiales pero de una forma profunda y duradera si surge la química entre las páginas impresas y el lector. La película en cambio es más bien una vivencia acelerada y febril, de una intensidad que no siempre va a ser perdurable. Por eso, la combinación de ver la película de Anderson inmediatamente después de haber leído el libro de Pynchon es comparable a la experiencia de pasar una noche de pasión con un amigo de toda la vida: algo absolutamente inesperado, único e inolvidable.


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