miércoles, 30 de octubre de 2019

El último barco – Domingo Villar

Las novelas de la serie de Leo Caldas van aumentando su extensión y volumen en progresión gemoétrica según avanza la serie. Si Ojos de agua con sus apenas 208 páginas y 342 gramos era un peso pluma, La playa de los ahogados ya presentaba una respetable envergadura de 464 páginas y 692 gramos. Y El último barco tiene la friolera de 712 páginas, además de que con un peso de 996 gramos llega ya al kilo si le añadimos el marcapáginas.

Por suerte, esta pesadez física no se transmite en absoluto al contenido. Que es lento, sí, la ¿acción? transcurre en apenas unos días en los que no pasa absolutamente nada: alguien ha desaparecido y los inspectores Leo Caldas y Rafael Estévez investigan lo ocurrido intentando recabar información de unos y otros, con el pobre resultado previsible si se tiene en cuenta que sus interlocutores son gallegos de pura cepa. Y así van y vienen de Vigo a Tirán, por el puente de Rande en coche o en barco atravesando la ría. Hablan con la gente, admiran el paisaje, vemos las mariscadoras, las aves, los barcos que van y vienen, la lluvia que cae y deja de caer, el sol que sale y se vuelve a esconder... Y finalmente acaban por descubrir algo y se dispara la acción, lo que es una pena porque el lector ya se había instalado en ese ir y venir al ritmo de los elementos y las evasivas, el preguntar para no obtener respuesta que tanto saca de quicio a Estévez, los platos de marisco acompañados de copas de vino que van cayendo en su momento, y todo ese ambiente de Vigo y de la ría que te hace estar allí de una manera casi física, aunque no hayas visitado nunca la ciudad como es mi caso y el referente más próximo que tengas de lo descrito sea alguna vieja canción de Siniestro Total.

El último barco es un kilo de lentitud paisajística y vital hecho novela que en ningún momento llega a pesar más que a los pobres brazos que deben sostener tanto papel impreso. Ojalá haya una próxima entrega de más de mil páginas, pero que sea en dos volúmenes o tendré que recurrir al formato electrónico por pura cuestión de gravedad.



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