domingo, 20 de agosto de 2017

The Snow Queen – Michael Cunningham y La Reina de las Nieves – Carmen Martín Gaite


El cuento “La Reina de las Nieves” de Hans Christian Andersen se ha hecho mundialmente famoso gracias a (o por culpa de) la película “Frozen”. Pero mucho antes de que Disney nos lanzara su invasión de princesas de hielo, este mismo relato ya había inspirado a Carmen Martín Gaite para escribir su novela La Reina de las Nieves, mientras que Michael Cunningham publicaría The Snow Queen en 2014, un año después de la película. Quién sabe si inspirado en ella, en la novela de Martín Gaite, en ambas o en ninguna de ellas.

El libro de Cunningham lo tenía desde hace tiempo en el montón de libros pendientes, tanto tiempo ya que ni siquiera sé por qué me lo compré en primer lugar. Sospecho que por el título, porque la novela homónima de Martín Gaite es uno de mis libros preferidos de todos los tiempos y sin duda que no pude resistir la tentación de hacer una de esas odiosas comparaciones entre escritores, épocas y maneras de tratar un mismo tema. No conocía nada de la obra de Cunningham antes de leer este libro y la primera experiencia ha sido bastante positiva: un escritor que sabe dejar a sus personajes y ambientes que hablen por sí mismos, sin necesidad de explicarlos o justificarlos de manera alguna, va a contar con mi aprobación si es capaz de hacerlo con la maestría que se pone de relieve en esta obra.

Sin embargo, tras releer a continuación La Reina de las Nieves, pasando de la concisión de The Snow Queen al estilo dilatado y expansivo de Martín Gaite, me ha resultado evidente cuánto hemos cambiado en estas últimas décadas los lectores y los escritores que nos nutren de lecturas. Ya no se cuentan historias, sino que se medita sobre las historias a las que se alude sin llegar a relatarlas por completo. Lo que mueve la acción no son las vivencias de los personajes sino sus reflexiones sobre estas vivencias, no siempre reales, propias o relevantes. El estilo narrativo parece haberse convertido en algo indeseable, cosa de escritores viejunos y novelas de género, y los autores modernos deconstruyen sus tramas en cocciones moleculares siguiendo para ello la consigna que les dejara Horacio Oliveira en el capítulo 99 de Rayuela:  «¿Para qué sirve un escritor si no para destruir la literatura?  Y nosotros, que no queremos ser lectores-hembra, ¿para qué servimos si no para ayudar en lo posible a esa destrucción?»

Una consigna con la que siempre he estado muy de acuerdo y que ha guiado la mayor parte de mis mejores lecturas. Hasta que llega el día que relees uno de esos libros «rollo chino, que se leen del principio al final como un niño bueno» (también según Oliveira en Rayuela) y sientes una tremenda nostalgia de aquellos libros sin desafíos ni dialéctica, libros con una buena historia bien contada en la que perderte por unas horas o unos días. Será que me estoy convirtiendo en una lectora viejuna que tendrá que buscar el antídoto a tanta modernidad en las por suerte cada vez mejores novelas de género.

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