miércoles, 26 de julio de 2017

Derecho natural – Ignacio Martínez de Pisón

Ya hacía tiempo que me habían recomendado encarecidamente leer a este autor: su maestría narrativa, su fina ironía, sus personajes, su reflejo de la sociedad española en las épocas que recrea en sus libros, había tanto de bueno que decir sobre su talento y sus obras que ya varias estuve hojeando libros suyos en las raras ocasiones que se me presentan de poder hojear libros españoles al tacto. Pero hasta ahora este manoseo literario nunca había resultado en una compra y lectura subsiguiente, ninguna de sus novelas anteriores se me quedó pegada a los dedos pidiéndome que la llevara a casa. Pese a estar convencidad de que libros como Dientes de leche o La buena reputación eran sin duda grandes novelas, la temática histórico-social nunca terminaba de convencerme. Estos libros eran el equivalente literario a ese muchacho tan amable, simpático, bueno y trabajador que sería el pretendiente perfecto pero con el que no hay ni pizca de química, valoras sus méritos y le deseas lo mejor pero no te apetece nada pasar días enteros en su compañía.

Todo esto cambió con la lectura del increíble prólogo a Derecho natural, la última novela del autor:
Mi padre no siempre se pareció a Demis Roussos. Cuando Demis Roussos ya era  Demis Roussos, medio calvo, barbudo, barrigón, envuelto en anchas túnicas con bordados de colores, el escaso pelo alborotado en largas guedejas, mi padre era todavía un hombre espigado, fibroso, con aire de galán y una buena pelambrera, vestido con polos entallados que dejaban asomar el pelo del pecho. En algún momento, a comienzos de la década de los ochenta, sus aspectos físicos debieron de confluir. […] Mientras mi padres se iba convirtiendo en Demis Roussos, éste parecía decidido a dejar de ser él mismo, de modo que en ese viaje de ida y vuelta tal vez se cruzaran en alguna estación de paso, cuando todavía uno seguía siendo a medias el que había sido y el otro era ya a medias el que se había propuesto ser.

No sé si fue la perspectiva de poder ir presenciando esta transformación de ida y vuelta o simplemente esa tilde anacrónica y rebelde sobre el pronombre demostrativo, pero después de leer estas líneas supe que por fin se había cumplido nuestro destino, esta lectura podría ser el principio de una gran amistad lectora.  Por desgracia no fue así:  el prólogo no llegó a cumplir su promesa argumental y la novela resultó ser una vez más el retrato sociohistórico de una familia disfuncional en los entresijos de la reciente historia española. Una temática desarrollada con gran maestría y escrita de forma bastante amena pero que en mi caso fue un desperdicio de talento por parte del autor porque no logré conectar en ningún momento ni con el argumento ni con el estilo de la novela, lo que hizo que las aventuras y desventuras de los personajes me dejaran bastante indiferente e incluso me fueran irritando en creciente medida. Setenta veces siete lo intenté, si me largo para siempre es porque no puedo más. Me temo que esta vez es el fin, puede ser un caso de incompatibilidad de caracteres.