sábado, 24 de diciembre de 2016

Avenida de los misterios – John Irving


El escritor norteamericano John Irving es tan prolífico como incombustible, y su obra tan genial de manufactura como impredecible de calidad (y viceversa, en los mejores casos). Por eso no es de extrañar que Avenida de los misterios, su último libro publicado, no haya recibido las mejores críticas. Se le achaca falta de argumento y excesiva longitud para tan poco contenido, como si una novela tuviera que ser necesariamente el relato prolijo de una serie de peripecias. Es cierto que este libro es de una contención argumental insólita en el autor, el número de sucesos estrambóticos es relativamente limitado y la historia va siguiendo un trayecto pausado de ida y vuelta entre la adolescencia mexicana como niño de la basura del protagonista, Juan Diego Guerrero, y su viaje a las Filipinas ya en la madurez avanzada y convertido en un escritor norteamericano de éxito y prestigio mundial.

Los personajes viven las situaciones más insólitas y disparatadas con la naturalidad propia de las criaturas de este autor, cuya idea de la caracterización es observar a sus personajes bajo un cristal de aumento que agranda y deforma todos sus detalles. Juan Diego Guerrero recordará sus años como niño lector en el basurero de Oaxaca compartidos con su hermana Lupe, visionaria y temperamental, su posible padre y su madre ausente, como los más felices de su vida. Los jesuítas, la rivalidad entre la Virgen María y la de Guadalupe, los milagros y maldiciones, forman un entramado de creencias de las que escapará el protagonista tanto en su adolescencia como en su madurez, cuando el encuentro con una madre y una hija turbadoras y omnipresentes le llevan a sospechar que puede haber caído en las redes del propio diablo.

De su vida entre ambos periodos no llegamos a saber gran cosa por elección explícita del protagonista narrador, cuyas reflexiones sobre su vida de antes y ahora y sobre las repercusiones sociales de su oficio de escritor van articulando una narración bastante peculiar sobre lo humano y lo divino, lo cotidiano y lo sobrenatural. Y como suele ser habitual en las novelas de John Irving, sobre el amor y la amistad en todas las múltiples combinaciones que pueden llegar a adoptar estos sentimientos. Pero ya no parece sentir la necesidad de sorprender o alarmar al lector a cada vuelta de página: el estilo hiperbólico y desmesurado que lo caracterizaba ha madurado en una ironía melancólica menos aparente pero más insidiosa y tanto o más efectiva que los fuegos de artificio de los que se sirvió en el pasado. 

Retrato del autor por Jordi Berenguer Barrera

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