lunes, 22 de julio de 2013

La invención del amor – José Ovejero

Inventarse el amor hacia una mujer que no se ha conocido y que la casualidad ha cruzado en su camino:  lo que hace Samuel, el protagonista narrador de La invención del amor, es un acto literario arriesgado.  La temática de las delgadas fronteras que separan la ficción de la realidad ha sido sobreexplotada en las letras de las últimas décadas y los ecos que evocan estos precedentes literarios no son siempre tan positivos como para animar a la lectura de un libro con este planteamiento.


Pero en este caso lo mejor es olvidar los prejuicios y los precedentes de todo signo, porque José Ovejero es un autor que no se deja encasillar tan fácilmente y que ha sido capaz de crear una novela muy sólida y personal al margen e incluso a contracorriente de las modas literarias.  En la historia que cuenta Samuel, el destino incierto de las casualidades de la vida que tan de moda pusieron Paul Auster y sus múltiples imitadores brilla por su ausencia.  La vida es lo que los personajes hacen de ella, quien se lo proponga será capaz de inventar una modesta realidad a su medida si se tienen el valor y el egoísmo necesarios para llevarlo a cabo.  Y Samuel es lo bastante egoísta y valiente para crearse una historia que se va forjando desprovista de artificios y veleidades formales, con frases de aristas afiladas y duros cierres de capítulo contra los que se estrella el lector, magullado pero con ganas de más.  La lectura de este libro es una experiencia literaria intensa y apasionante como pocas, un Premio Alfaguara de Novela atípico pero bien merecido.

jueves, 11 de julio de 2013

Ulises - James Joyce

El 16 de junio de 1904 James Joyce tuvo la primera cita con la que sería su mujer, Nora Barnacle.  Mejor dicho, no tuvo la cita porque ella finalmente no pudo acudir, la primera cita de la pareja fue realmente la segunda.  Poco después decidirían marcharse juntos de Irlanda y se instalaron en Trieste.  Allí Joyce inmortalizaría el 16 de junio de 1904 haciéndolo protagonista de su novela Ulises, que transcurre de la mañana a la noche de ese día en un recorrido por todo Dublín de sus protagonistas y personajes secundarios.   

Sobre esta novela se ha dicho ya todo, más incluso de lo que sería realmente posible decir de ella.  Es una novela que se fue escribiendo y publicando a ramalazos de inspiración, con contínuas correcciones y añadiduras por parte del autor que desde luego no contribuyeron a mejorar su ya deficiente legibilidad.  El libro es caótico y desmesurado, escrito sin la menor concesión al lector, y para colmo está tan anclado en un día y un lugar concreto que con el paso del tiempo se va volviendo cada vez más difícil comprender las múltiples alusiones políticas, literarias, musicales, históricas, gastronómicas… que contiene.  Las próximas generaciones ya no podrán leer este libro, tendrán que hacer su exégesis.

Y esto es una verdadera pena, porque escondida entre tanta página de este libro hay una historia que merece la pena ser leída.  La historia de un 16 de junio de 1904 alternativo, con Leopold Bloom como alter ego de un Joyce maduro cuya chica sí acudió a su cita y acabó casado con ella en Dublín, viviendo una vida vicaria dentro de su mente mientras en su entorno lo consideran un tipo raro y un pobre cornudo.  Y con Stephen Dedalus como alter ego del joven Joyce que se ha visto obligado a regresar a Dublín a causa de la muerte de su madre y ha visto así cómo se venía abajo su sueño de ser un artista en Europa.  Ulises cuenta lo que podría haber sido la vida de Joyce si no llega a abandonar Irlanda con su mujer y no está muy claro si lo cuenta con alivio o con nostalgia.  Las vidas  de Bloom y Stephen poco tienen de envidiables, pero cuántos olores, sabores, melodías, acentos, visiones de la ciudad se llevó Joyce consigo cuando dejó Dublín.  Tantos que le durarían toda una vida literaria en el exilio, donde se dedicó a escribir sobre una ciudad que no era la suya pero donde seguía viviendo en la imaginación, una ciudad donde le fue imposible quedarse pero que fue incapaz de abandonar porque nunca consiguió librarse de ella.