domingo, 19 de febrero de 2012

Lágrimas en la lluvia, Rosa Montero


Una de las cosas más alternativas, rompedoras y escandalosas que puede hacer un autor de éxito en la actualidad es escribir una novela de género.  Escribirla en serio, no como ejercicio irónico de postmodernidad kitsch.  Y Rosa Montero lo ha hecho, sin complejos y con un resultado que no está nada mal.

La novela está inspirada en la película Blade Runner (el título procede del monólogo final que improvisó el actor Rutger Hauer) aunque la historia no tiene nada que ver con la película.  Es una distopia futurista y catastrofista, en una Tierra asolada por las guerras donde los humanos conviven con replicantes, aliens y mutantes en una sociedad marcada por las diferencias y el recelo mutuo.  En este contexto se desarrolla una trama detectivesca protagonizada por la replicante Bruna Husky, el personaje central del libro alrededor del cual girarán todos los acontecimientos.  Por suerte es un personaje fresco, complejo y atractivo, que compensará al lector del resto de los caracteres bastante difusos que irán apareciendo en la novela y de las metáforas un tanto evidentes sobre marginación, control, racismo y discriminación social que forman la base de la narración.

Una apuesta arriesgada, la de Rosa Montero con esta novela, que sin duda le habrá costado lectores “tradicionales” de su obra que no quieren verse con un libro de ciencia ficción entre las manos.  Confieso haber tenido el mismo reparo hacia el libro, y es cierto que si no me lo llegan a regalar no me lo hubiera leído.  Y me habría perdido una lectura muy agradable y gratificante.

lunes, 13 de febrero de 2012

El verano sin hombres, Siri Hustvedt


La protagonista-narradora de esta novela me ha arruinado un libro que de otra manera podría haberme gustado mucho. Y no entiendo bien esta antipatía mía por el personaje, me molesta de ella que sea tan egocéntrica y tan pedante pero he leído libros de grandes egocéntricos (Philip Roth) y grandes pedantes (Borges, Cortázar) que me han encantado. Aunque mis pedantes favoritos citan constantemente a otros autores de manera natural, es algo que les sale de dentro, y además son capaces de ironizar y relativizar su conocimiento enciclopédico. Mientras que Mia usa su conocimiento y sus muchas lecturas como otras mujeres usan un bolso de Gucci o unos zapatos de Prada, es un complemento de su personalidad que le sirve para situarse por encima de los otros. En cuanto a su egocentrismo, a diferencia de los narradores en primera persona de Philip Roth que no tienen problema alguno en admitir lo peor de sí mismos (estoy pensando sobre todo en Mi vida como hombre) todos los problemas de Mia parecen proceder del exterior: un padre autoritario y ausente, malas experiencias con las amigas en la pubertad, un marido poco expresivo y poco colaborador en casa. Lo que Mia considera introspección no es más que una larga lista de quejas sobre lo injusto de su vida, sin querer apreciar lo mucho y bueno que ha tenido. 

Por suerte la novela está llena de personajes secundarios que establecen un sano contrapunto y suponen un soplo de frescura y realidad en el relato de alguien que parece no ser capaz de mirar mucho más allá de su propio ombligo.  Me gustó mucho la idea de ejemplificar en la novela las diferentes edades de la mujer y los problemas y conflictos propios de cada una de ellas (la niña, las adolescentes, la joven madre, la mujer madura, las ancianas). Son todos ellos además personajes muy atractivos y con personalidad propia, los secundarios son lo mejorcito de la novela, por eso hay que lamentar que hacia el final la narradora atraiga hacia sí todo el protagonismo y entre en una diatriba sobre la marginación histórica de la mujer.  Al final resulta ser un libro feminista, del tipo de feminismo lacrimógeno actual que ya no reivindica nada ni lucha por nada, solamente se sienta en un rincón y se queja de la falta de reconocimiento masculino hacia el lado femenino de la sociedad.

Siri Hustvedt sabe escribir, de eso no cabe duda. Pero no me gustan ni su personalidad ni sus ideas, y este libro es uno demasiado personal de la autora para que me pueda resultar atractivo. 

martes, 7 de febrero de 2012

13,99 euros – Frédéric Beigbeder


Esta novelita antiépica nos narra la caída hacia arriba de Octave Parango, un creativo publicitario francés que aspira a que le despidan del trabajo porque se da cuenta de que su profesión está acabando con su vida.  Pero lo único que consigue es ascender cada vez más en su empresa mientras sus fracasos como ser humano se van acumulando hasta llegar a convertirlo en una patética caricatura de sí mismo, en un entorno que es un retrato grotesco y deforme del mundo occidental del siglo XXI. 

La verdad es que el hundimiento de Octave en el éxito demoledor está muy bien narrado.  Resulta evidente que la intención del autor es provocar, pero si la provocación viene servida en un vehículo literario bien construido y que funciona no tengo nada que objetar al respecto.  Ignoro hasta qué punto la estupenda traducción de Sergi Pàmies ha “mejorado” (o no) la prosa del original, pero la novela traducida que yo me he leído tiene una potencia lingüística eficaz, turbadora y conmovedora que sirve de equilibrio a los excesos exhibicionistas argumentales hasta formar una totalidad novelística que a mí me ha convencido y me ha gustado.
Octave declamaba en voz alta el fragmento de «Paroles, paroles» recitado por Alain Delon en la canción de Dalida:
«Es extraño no sé lo que me ocurre esta noche te miro como si fuera la primera vezno sé cómo decírtelo pero eres una hermosa historia de amor que nunca dejaría de leer eres de ayer y de mañana de siempre mi única verdad.»
Es curioso cómo el segundo sentido adquiere, a veces, más importancia que el primero. 
«Eres como el viento que hace cantar los violines y arrastra el perfume de rosas a lo lejos.» 
Ya nadie de su generación se atreve a hablar así.
«Eres para mí la única melodía que hace bailar las estrellas sobre las dunas.»
Ha escuchado tantas veces esas palabras, gritando de risa con amigos borrachos.¿Por qué les parecían tan ridículas? ¿Por qué el romanticismo nos hace sentir tanincómodos? Nos avergonzamos de nuestras emociones. Combatimos la emoción como sifuera la peste. No es deseable glorificar la sequedad.
«Eres mi sueño prohibido mi único tormento y mi única esperanza.»
Las secretarias se mondan de risa pero en realidad se derritirían en un mar delágrimas ante el primer tío que, mirándolas fijamente a los ojos, se atreviera a decirles «eres mi sueño prohibido».(pg. 149-50)