viernes, 23 de marzo de 2012

Los príncipes valientes, Javier Pérez Andújar


En este precioso libro de memorias el narrador (¿el autor?) es una persona o un personaje inolvidable, que rememora en clave de nostalgia y felicidad una infancia que igual podría haber sido recordada como algo cutre, sórdido, penoso. Pero el niño recordado es un optimista tan incurable como el narrador adulto, dispuesto a ver lo hermoso en la cotidianidad miserable de un barrio obrero de inmigrantes. Un niño que creció buscando chapas por el suelo y viendo al detective Colombo en la tele, leyendo sin discriminar todo lo que se caía en sus manos (que no era mucho) y poetizando su existencia desde los ojos del asombro y el entusiasmo.  Este libro no habla tanto de los años de aprendizaje de un escritor como de la fragua de un lector:
Voy a hacerme lector de islas en mi búsqueda de un paraíso al que irme con los libros, con todos los libros del mundo, o al menos con todos los libros de la biblioteca escolar, y querré acercarme así a las costas de la isla de Kirrin, con los Cinco de Enid Blyton, y también a las costas de la isla de Nunca Jamás, aunque no me acabará de convencer el estilo de vida de Peter Pan, y querré andar, desde luego, por las playas de la isla civilizada por Robinson Crusoe, y en mi confusión identificaré la Isla Negra de Neruda con la isla Negra de Tintín, y cuando todavía siga divagando con la posibilidad de una isla influido entonces, claro, por otras lecturas, no podré, ni por un instante, apartar la sensación de que la isla pánico del doctor Moreau era un poco la isla Utopía de Tomás Moro, y que el nombre de uno estaba implícito en el nombre del otro.
El libro es el recuento de una infancia vivida desde la literatura que dio como resultado a un hombre amante de la literatura, que es mucho más que simplemente un escritor.  Y la literatura no se limita aquí a los libros, es también colgar una estrella de navidad en una torre de alta tensión o una silla vacía en medio de la pista de un circo donde un payaso va a venir a sentarse para cantar una canción. Cuando se vive desde la literatura, esta va a saltar de los libros hacia la vida real y se va a manifestar hasta en los momentos más vulgares y vacíos de la existencia cotidiana para darles luz y color. La auténtica literatura nos enseña a mirar y nos enseña a vivir. Y este libro nos ayuda a no olvidarlo.

2 comentarios:

Aben Razín dijo...

Me ha encantado tu comentario sobre este libro, creo que tu última párrafo es certero en aquellos lectores que nos encanta la literatura, aunque algo de ella, afortunadamente, se nos escapa.

Este libro me sedujo y me alegra saber que a alguien más le ha encantado tanto como lo hizo a mí.

Un saludo enorme,

Carmen Neke dijo...

Gracias por tu visita y tu comentario, Aben Razin. Efectivamente, el misterio de la literatura es algo que por suerte nunca vamos a poder explicar.