miércoles, 31 de agosto de 2011

Almas grises, Philippe Claudel

La historia de esta novela transcurre en un pueblo sin nombre sobre el transfondo de la Primera Guerra Mundial, y va siendo contada por un narrador igualmente sin nombre a quien la experiencia le ha enseñado que no existen almas blancas ni negras sino que todo el mundo tiene el alma gris. Curiosamente no será la Gran Guerra lo que le lleve a esta conclusión, pues la guerra apenas será algo anecdótico que ocurre a pocos kilómetros del pueblo pero que no llega a afectar en gran medida la vida de sus habitantes. Será más bien el Caso, el asesinato de una niña de diez años en el invierno de 1917, lo que desencadene todos los hechos que el narrador después tardará veinte años en lograr escribir en las páginas que el lector tiene en sus manos.

Un planteamiento muy prometedor que el autor desarrolla en una estructura narrativa realmente bien conseguida en su justa dosificación de acciones, hechos y revelaciones en el momento oportuno. Pero a pesar de toda su indudable calidad literaria el libro no ha logrado convencerme, como tampoco me convenció del todo El informe de Brodeck que fue mi anterior incursión en la narrativa de Philip Claudel. Hay algo en el estilo de este autor que me provoca rechazo, no estoy segura de si es el tremendismo melodramático del que gusta servirse para dar transcendencia a los hechos que narra, o el pesimismo exacerbado que plaga su obra hasta la inverosimlitud. Me parece que Claudel peca por exceso, no sabe dosificar los estupendos ingredientes de los que se sirve y acaba abrumando al lector con una avalancha de calamidades que hace perdera la narración todos los matices y sutilezas que tan bien le habrían venido como necesario contrapunto. Porque aunque todas las almas sean grises, cada una lo es dentro de su propia tonalidad, y esa variedad se pierde en la grisura uniforme del fatalismo que domina la novela.

miércoles, 24 de agosto de 2011

More Die of Heartbreak, Saul Bellow

Un buen lector amigo califica a Saul Bellow de “plúmbeo”. Otro buen lector amigo menos caritativo lo define como “un poco coñacete”. Sin embargo, desde que me leí Herzog por recomendación de un tercer buen lector amigo (para que luego digan que ya nadie lee en España) me apetecía volver a meterme en el cuerpo unos cuantos cientos de páginas de su prosa, tan dura de roer pero tan absorbente y tan bien escrita.

Pero me temo que Son más los que mueren de desamor (también traducido como Mueren más por desamor) no me ha terminado de convencer, aunque su planteamiento era muy prometedor. Los protagonistas del libro, Kenneth Trachtenberg y su tío Benn Crader, sufren al igual que Moses Herzog de lo que podría denominarse “el ridículo tormento del hombre hipereducado”: grandes intelectuales y reputados especialistas en su materia de estudio que sin embargo son incapaces de desenvolverse en la vida social del siglo XX, hombres que en teoría lo saben casi todo pero en la práctica demuestran no saber nada en absoluto. Y la situación está planteada de manera muy inteligente e incluso humorística, con el treintañero Kenneth como narrador y comentarista implacable de las desventuras amorosas de su tío cincuentón, al tiempo que repite en su propia vida los errores del otro que tanto se empeña en analizar para tratar de entenderlos.

Es justamente este empeño analista el que me ha estropeado la lectura. Saul Bellow es un auténtico mago de la palabra escrita, y sin duda la premisa sobre la que se basa el libro de que son más los que mueren de desamor que a consecuencia de escapes radioactivos es cierta. Pero Kenneth Trachtenberg no es Moses Herzog, y sus disgresiones como narrador errático acaban resultando excesivas en un tocho novelesco de más de cuatrocientas páginas al que le sobran la mitad de ellas. El libro me ha gustado, pero sí que me ha resultado un poco plúmbeo. Y algo coñacete.


jueves, 18 de agosto de 2011

Lejos de Toledo, Angel Wagenstein

Plóvdiv es un pueblo de Bulgaria donde Albert Cohen, el protagonista y narrador de esta historia, pasó su infancia con sus abuelos, judíos de origen sefardí cuyos antepasados tuvieron que abandonar Toledo tras la expulsión de los judíos de España. Allí, tan lejos del Toledo multicultural de la época árabe, el joven Berto vivirá una infancia de pobreza material pero en una rica convivencia con turcos, gitanos, armenios, católicos, ortodoxos y judíos. Una mezcla que resulta explosiva las más de las veces pero que durante un tiempo logró funcionar gracias al talante de las gentes, que aprendieron a vivir con las idiosincrasias mutuas sin llegar a comprenderse pero consiguiendo un cierto nivel de tolerancia. Este Toledo búlgaro, sin embargo, estaba tan condenado a fracasar como el originario español, aunque esta vez no sería el fundamentalismo religioso sino el comunismo doctrinario el que acabó con esa comunidad tan heterogénea.

Pero todo esto es el transfondo histórico y social de la novela, lo que el lector tiene entre manos es una hermosa historia de regreso al mundo mágico de la infancia desde el desengaño de la edad adulta, narrada en clave de parábola y haciendo uso de todos los efectos narrativos necesarios para mantener la atención del lector y tocarle la fibra sensible pero sin llegar nunca al dramatismo. El gran acierto del autor es que consigue hablar de la dura realidad de los conflictos étnicos sin idealizar la situación pero al mismo tiempo dibujando una situación ideal: la convivencia posible de gentes de diferentes etnias en momentos muy determinados de la historia, convivencias que dejaron recuerdos muy hermosos pero que siempre acabaron mal.

Guardan silencio las tumbas ortodoxas, católicas, judías, armenias y musulmanas. Nunca ha reinado la paz entre los vivos. Los muertos demuestran más sabiduría. (pg. 215)


viernes, 5 de agosto de 2011

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq

Jed Martin, el protagonista de la novela y cuya trayectoria artística y vital forma el hilo conductor de la trama, no es un alter ego de Michel Houellebecq pero sí que da la impresión de ser ese amigo que el autor siempre quiso tener: inteligente, amable, silencioso, desprovisto de ambición y aspiraciones vitales y capaz de renunciar al amor, al sexo e incluso a la interacción con otros seres humanos a quienes sin embargo no deja de apreciar. Tal vez por esto el escritor Michel Houellebecq aparecerá como personaje en la novela y tendrá un papel de cierta importancia en la vida de Jed Martin; la simpatía entre ambos personajes será mutua y llegará incluso a alcanzar una cierta forma de entendimiento.

Como en otras novelas del autor, Houellebecq va dejando a lo largo de la narración comentarios al margen sobre la sociedad, la política, la economía, el arte y la situación de Francia en general. Muchas referencias se le podrán escapar al lector poco familiarizado con la realidad francesa, otras como la contínua insistencia de las cajeras de los supermercados en preguntar por la tarjeta de cliente son bien reconocibles. Pero fundamentales serán las referencias a las utopías sociales del siglo XIX, concretamente a las teorías de William Morris y su convicción de la necesidad de volver al estado gremial de la Edad Media en el que todo el proceso de producción (desde el diseño hasta la fabricación) estaba en las manos del mismo individuo, lo que garantizaba tanto la calidad del producto elaborado como la satisfacción del trabajador. Houellebecq está convencido de que la era del capitalismo industrial europeo llega a su fin, y que solamente una vuelta a la naturaleza y a un modo de vida sencillo y auténtico puede ofrecer una oportunidad de ser feliz al hombre.

Dejando a un lado la viabilidad de estas utopías del autor, la novela sorprende por su madurez y su serenidad. Houellebecq ya no necesita escandalizar al lector para transmitirle su mensaje, esta vez se vale de una prosa bien elaborada y de una sencillez engañosa que engancha sin necesidad de recurrir a sensacionalismos, con unos personajes que calan hondo con su profunda autenticidad personal sin necesidad de ser simpáticos o amables, ni tan siquiera atractivos. Michel Houellebecq no se ha reconciliado ni con el ser humano ni con la sociedad en la que vive, pero puede ser que se haya reconciliado consigo mismo.