viernes, 25 de marzo de 2011

Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa


En el prólogo a la novela, Vargas Llosa escribe:
Entre 1948 y 1956 gobernó el Perú una dictadura militar encabezada por el general Manuel Apolinario Odría. En esos ocho años, en una sociedad embotellada, en la que estaban prohibidos los partidos y las actividades cívicas, la prensa censurada, había numerosos presos políticos y centenares de exiliados, los peruanos de mi generación pasamos de niños a jóvenes, y de jóvenes a hombres. Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera.

Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio, fue la materia prima de esta novela, que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la historia política y social de aquellos años sombríos.

¿Puede la corrupción que se desprende de un régimen totalitario envilecer la vida privada de las personas? ¿La podredumbre moral de los que ostentan el poder se va a hacer extensiva a las relaciones familiares, personales, amorosas de los ciudadanos de a pie? Es difícil saberlo, y Conversación en La Catedral dista de ser una novela de tesis. Una vez planteada su intención en el breve prólogo, el autor se retira y cede la palabra a sus personajes sin que medie ningún narrador entre ellos y el lector. Diálogos, recuerdos, monólogos interiores y exteriores van componiendo la trama con una engañosa objetividad y una aparente anarquía de situaciones, tiempos y personajes (pues en resumidas cuentas el autor es quien elige qué nos va a mostrar y sobre todo cuándo). Una estructura caótica que ha sido cuidadosamente planeada para dar la impresión de veracidad, de testimonio directo de una época convulsa por parte de un grupo de personas de muy diferentes clases sociales unidas por su vida vulgar y mezquina, por sus problemas que rara vez llegan a tragedias y sus alegrías baratas e inútiles. El dinero no va a comprar la grandeza vital de nadie, ni la pobreza va a ennoblecer a quienes la sufren.

¿Qué tienen de especial entonces estos personajes que mantienen al lector pegado al libro durante las más de setecientas páginas que cuenta este tocho novelesco? Justamente lo que no tienen de especial: su profunda humanidad, su realidad como personas y seres humanos que sienten, sufren y sueñan, cada uno a su manera y cada uno en su propia medida, sin importar si viven en los barrios residenciales o en las barriadas miserables. Vargas Llosa consigue dotar de dignidad humana hasta al peor de los políticos corruptos, y muestra asimismo la indolencia y la cobardía de los sueños del joven héroe que desea estar por encima de las indignidades de la realidad. No hay buenos ni malos en esta novela, porque todos son regulares pero cada uno a su manera, y esto dota de una dimensión universal y eterna a una historia localista en grado sumo. Un libro que hace recuperar el gusto por la lectura, porque si existen autores capaces de escribir libros como éste, hay que leerlos.

lunes, 14 de marzo de 2011

Cerrado por desgana


Cerrado temporalmente por falta de inspiración, preguntas existenciales y una sobredosis de ansia de libertad.
Por no hablar de los libros tan impresentables que me he estado leyendo últimamente.