domingo, 27 de febrero de 2011

El tercer Reich, Roberto Bolaño


No me gusta nada el expolio editorial al que se ve sometido el legado creativo de un autor de éxito tras su muerte, que lleva a la publicación para uso y deleite de sus fans incondicionales de cada palabra que este autor dejara escrita sin importar el valor o la relevancia de estos textos. Me leí por tanto El tercer Reich de milagro y casi sin querer. Lo curioso es lo mucho que me ha gustado, me atrevo a afirmar que es uno de los mejores libros de Bolaño que he leído, y ya van unos cuantos.

Otro dato curioso sobre este libro es la estructura tan clásica que tiene, es una novela que nos narra de forma lineal una historia con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Y la verdad es que lo hace realmente bien. La historia de una pareja de alemanes de vacaciones en la Costa Brava y los incidentes que viven con otros turistas y con la población local habría podido dar pie a imágenes estereotipadas, prejuicios, ideas preconcebidas y notas turísticas de color local. Nada de eso hay en el libro, por suerte: Udo, el joven alemán amante de los wargames y experto en el juego “El tercer Reich” es el narrador ignorante y despistado que conforme avanza la novela tiene cada vez más problemas para enterarse de lo que ocurre e incluso para distinguir entre fantasía y realidad. De esta manera la historia va ganando en extrañeza sin llegar a separarse jamás de lo cotidiano de un pueblo costero al final de la temporada de vacaciones, y el ambiente va a ganar precisamente en veracidad gracias a este extrañamiento del protagonista con su entorno.

El tercer Reich es una novela finalizada, donde queda mucho por decir pero de manera consciente, y con una estructura perfectamente rematada. Con el bombardeo de textos póstumos de Bolaño se está creando una imagen de este autor como un escritor descuidado y caótico, cuyas obras dan la impresión de haberse quedado a medio hacer. Pero El tercer Reich es una novela que se tiene en pie por sí misma, y que además es comprensible y fácil (e incluso agradable) de leer sin perder por ello ni un ápice de calidad. Lo cierto es que no entiendo por qué no la publicó en vida. O no quisieron publicársela.

domingo, 20 de febrero de 2011

Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata


Este ha sido el primer libro japonés que leo aparte de las obras de Murakami, mi primer japonés “clásico” por así decirlo. Siempre he tenido un poco de recelo ante estas obras orientales que suelen recibir calificativos como lentas, estilizadas, elegantes, adjetivos todos que tienen poco que ver con mi personalidad. Así que ha sido un alivio encontrarme en este libro con una historia que sin duda se puede calificar de estilizada y elegante, pero que no me ha resultado nada lenta.

La historia parte de una situación estereotipada: la pintora Otoko tuvo a los dieciséis años una relación amorosa con Oki, un escritor casado y bastante mayor que ella. Tras años de separación él va a buscarla a Kyoto, donde la pintora vive con su alumna Keiko, y cuando Keiko vaya a casa de Oki a llevarle unos cuadros conocerá a su hijo Taichiro. Fumiko, la esposa de Oki, completa este triángulo amoroso de cinco lados en el que los personajes escuchan las campanas de los templos, contemplan los jardines rocosos o toman el té servidos por geishas en kimono mientras juegan a un tira y afloja de poder, atracción y erotismo dentro de las más estrictas normas de la estilización y la elegancia.

Sin explicación psicológica alguna, con toda la estética de la crueldad de la que son capaces los japoneses, la acción se va tejiendo hacia un final que parece tan inevitable que está de más buscar culpables. Estas artistas en kimono, que se dicen débiles y sometidas a los impulsos del corazón, aparecen más liberadas del yugo masculino que sus colegas londinenses de la época que retratara Doris Lessing en otra gran novela de la década de los 60, El cuaderno dorado. Pero ya se sabe que las comparaciones son odiosas.

domingo, 13 de febrero de 2011

Verano, J.M. Coetzee


En Verano se cuenta cómo el biógrafo de un autor recién fallecido va en busca de varias personas que lo conocieron para entrevistarlas y a partir de sus testimonios reconstruir el libro en el que estaba trabajando el autor antes de morir, la tercera parte de su autobiografía novelada que trataría sobre su vida en los años 70 en Sudáfrica. La cosa se complica cuando sabemos que este autor que acaba de fallecer en Australia se llamaba John Coetzee, y que el libro en el que estaba trabajando debía ser la continuación de sus obras anteriores Infancia y Juventud, es decir que es el libro que tenemos entre manos. Al autor en esta ocasión no le pareción suficiente hacer una narración ficticia en tercera persona de su vida como hizo en los dos libros anteriores, esta vez también tuvo que fingir su propia muerte y dejar que los demás (y algunas notas de sus diarios) hablaran por él.

Este retratar su vida mediante testimonios ajenos le da a la novela una variedad añadida porque los entrevistados no se limitan a hablar del autor fallecido, sino que fundamentalmente y sobre todo hablan de sí mismos y de la época en la que conocieron a John Coetzee. Pero ¿hasta qué punto podemos dar crédito a estos testimonios? Los entrevistados en el mejor de los casos cuentan los hechos desde su propia perspectiva, varios eligen no hablar de ciertos temas e en algún caso incluso llegamos a sospechar que están narrando una versión falseada de la historia. Toda autobiografía es una obra de ficción sobre la vida de uno, se dice en alguna parte de esta novela, y eso vale tanto para los testimonios de las personas que conocieron al escritor como para los extractos de los diarios que el propio escritor mantenía. El tono periodístico y realista no hace más que subrayar lo poco que realmente llegamos a saber sobre los demás y sobre nosotros mismos.

Verano es uno de los mejores libros que he leído. Un libro con una planificación y construcción complicadísimos, que provoca mareos a quien intenta imaginar todas las diferentes capas de realidad que hay contenidas en él. Y al mismo tiempo, y esto es para mí lo fundamental, un libro de factura simple y clara, que se deja leer de un tirón y que está al alcance de cualquier lector. Un libro que demuestra que no hace falta ser aburrido o ininteligible para escribir novelas rompedoras, profundas, comprometidas e innovadoras. Si no le hubieran dado ya el Nobel al autor, se lo deberían dar solamente por este libro. Y que no llegaran a darle el Booker Prize por tercera vez es simplemente una vergüenza.

lunes, 7 de febrero de 2011

La cena, Herman Koch


Este libro, que acaba de ser publicado en España un par de años después de haber arrasado en Holanda (donde el autor es más conocido como figura televisiva) me ha dejado mal sabor de boca y peor cuerpo aún. Los temas que plantea no son fáciles, a pesar de la engañosa ligereza de tono con la que empieza, y la estructura está diseñada para ir proporcionando un shock detrás de otro al lector desprevenido, de ahí que no cuente nada del argumento porque el factor sorpresa es algo fundamental en su lectura. Pero no me molestan ni la falta de delicadeza del autor ni su dureza al presentar temas incómodos, lo que me ha dejado peor ha sido más bien la deshumanización que se desprende del conjunto, el egoísmo de unos seres malcriados para quienes su propia felicidad está por encima de todas las cosas, y sin duda por encima de sus semejantes.

Una novela de temática tan dura y estructura basada en el escamoteo de datos al lector (no en vano está contada en primera persona por un narrador tan subjetivo como poco de fiar) necesitaría de un autor con un plan de trabajo muy preciso y un domino perfecto de la materia novelesca. Y aquí es donde falla todo el entramado, a Herman Koch la novela se le va de las manos a mitad de camino y tiene que acabar resolviendo la situación como buenamente puede, que para mi gusto no es demasiado bien. Se trata de un libro valiente de un autor osado que se atreve a decir verdades incómodas que muchos prefieren callar, pero por desgracia el mensaje se pierde en el embrollo argumental en el que acaba naufragando la narración. Una pena.

viernes, 4 de febrero de 2011

Chronic city, Jonathan Lethem


Empecé a leerme este libro sin tener la menor idea de quién era Jonathan Lethem, ni de qué iba esta novela. Me puse con el libro totalmente a ciegas y me parece la mejor manera de hacerlo, que las muchas sorpresas que encierra se vayan revelando al lector con la misma sutileza y falta de efectismo como aparecen en la propia obra. Es fascinante cómo un libro con un argumento tan vago e inasible como éste puede tener una estructura narrativa tan sólida, con un planteamiento, nudo y desenlace perfectamente delimitados.

Los personajes son para chuparse los dedos, en realidad no hay "malos” ni “buenos" en todo el libro, cada uno hace lo que tiene que hacer según el papel que le ha tocado en la historia, y lo desempeña con mayor o menor fortuna según sus cualidades y circunstancias personales. Perkus es la imagen de lo que fue la ciudad de Nueva York en su edad de oro allá por los años setenta y a la vez el triste recordatorio de su decadencia. Mientras que otros personajes como Richard, Oona o Chase han sido capaces de reconvertirse a la nueva situación, para no acabar como Perkus convertidos en una especie de oso polar sobre una placa de hielo en medio del océano.

Ya no hay sitio para la autenticidad en esta ciudad reducida a su mínima expresión por la mano férrea de un alcalde carismático y por los ataques exteriores de los que nadie habla. Los habitantes de Manhattan prefieren llevar una vida “libre de guerra” como el periódico que leen, aunque sea igual de falsa que los juegos de simulación de vidas paralelas que juegan al ordenador. En este mundo resulta difícil saber qué es verdad y qué es mentira, lo que resulta en una lectura entretenidísima y compulsiva que hace pensar mucho y bien.