domingo, 30 de enero de 2011

La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa


Recopilación de artículos de Vargas Llosa en los que supuestamente analiza sus novelas preferidas del siglo XX, pero en los que en realidad pasa estas obras por el filtro de su propias visión sobre la literatura y se despacha a gusto contra todas las ideas que no comparte, que son muchas y muy variadas.

Hay varios artículos en este libro de contenido bastante tendencioso. El que dedica a El cuaderno dorado de Doris Lessing, por ejemplo, donde pone de manifiesto lo poco que le gustan las mujeres escritoras y la mala gana con la que tiene que reconocer los muchos méritos tanto formales como de contenido de esta novela. O el artículo sobre El fin de la aventura de Graham Greene, que concluye:
A la hora de sentarse a escribir [Graham Greene] perdia aquellos ímpetus, aquella vocación de riesgo que lo llevó de adolescente a jugar a la ruleta rusa, y se volvía un eficiente escribidor, tímido y funcional, que se sentía satisfecho contando con acierto una historia que hiciera pasar un rato feliz y distraído a toda clase de lectores. Desde luego que consiguió lo que se propuso como escritor, pero lo que se propuso fue siempre poco y por debajo de su talento.

Este párrafo final está basado únicamente en prejuicios personales del propio Vargas Llosa, en su imagen demasiado exclusiva y exclusivista de lo que tiene que ser la "buena" literatura. En El fin de la aventura, Graham Greene escribió una historia magnífica, entrañable e inolvidable sobre la vida cotidiana de gente mediocre en una situación vulgar e incluso un tanto ridícula, manejando conceptos tan poco atractivos como las creencias religiosas, los milagros y la fidelidad. Decir de un libro así que le falta ambición es muestra de una ceguera impresionante o de una mala fe monumental.

Pero donde don Mario da el golpe maestro en este volumen es en su artículo sobre El reino de este mundo de Alejo Carpentier, no casualmente la única novela escrita en español que comenta. La ausencia de Cien años de soledad en esta selección ya es imperdonable, pero al parecer también era necesario hacer un ataque frontal al realismo mágico como seña de identidad de la narrativa latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Y lo hace de forma sibilina, escribiendo un largo artículo de alabanza sobre la técnica narrativa de Carpentier en El reino de este mundo, obra que muestra el choque cultural que se produjo con el intento de los colonizadores franceses de introducir las ideas de la Ilustración en el mundo mágico y supersticioso de los haitianos. Y después de llenar páginas con ejemplos del buen hacer creativo del autor, en el último párrafo Vargas Llosa da la puñalada a traición y sin previo aviso, echando abajo en unas líneas toda la teoría literaria sobre la que Alejo Carpentier basó su obra:
En el prólogo que escribió para esta novela, Carpentier enarboló la bandera de lo "real maravilloso" como un rasgo objetivo de la realidad americana, y se burló de los surrealistas europeos, para los que, aseguró, lo "maravilloso" "nunca fue sino una artimaña literaria". La teoría es bonita, pero falsa, como demuestra su maravillosa novela, donde el mundo tan seductor, mágico, o mítico, o maravilloso, resulta no de una descripción objetiva de la historia haitiana, sino de la consumada sabiduría de las artimañas literarias que el novelista cubano empleaba a la hora de escribir novelas.

En cualquier caso, si hacemos abstracción de las (des)calificaciones que Vargas Llosa da sobre las obras leídas, nos encontramos con una visión de conjunto de la narrativa del siglo XX que el autor nos presenta desde un profundo y auténtico amor por la literatura y con un entusiasmo que resulta realmente contagioso. En resumen, un buen libro de mala crítica literaria de un escritor fuera de serie.

viernes, 28 de enero de 2011

Un libro que podría titularse el baile de la berenjena, Óscar Santos Payán


Este libro es todo un regalo: el formato y los colores son una preciosidad, lo mismo que las ilustraciones del interior (sí, es una novela ilustrada, como las de antes ). Y cuando empiezas a leerlo resulta ser una lectura tan divertida como entrañable. Pero qué pena que la estupenda impresión que da al principio no pueda mantenerse hasta la última página.

Se trata de una lectura ligera y amena escrita en un estilo muy coloquial y directo. Una historia más contada que escrita en primera persona por un protagonista quinceañero que usa su lenguaje cotidiano para narrar los tres días de fiestas del pueblo en los que por fin consiguió hacerse nada menos que todo un hombre. El problema es que toda esta ligereza no basta para sostener un libro entero, el sustancioso sabor agridulce del principio se va volviendo cada vez más almibarado a medida que avanza la narración y tanto a la historia como a los personajes les falta entidad para poder lograr una obra plena, que acaba quedándose en el relato de unos sucesos anecdóticos.

Así y todo, un libro muy agradable de leer, entretenido y bien escrito, y que por su cuidada encuadernación y por su tipo de letra bonito y legible hacen de él un regalo perfecto para cualquiera. Para mí lo ha sido sin duda alguna.

domingo, 23 de enero de 2011

1969, Jerónimo Tristante


Con esta obra de intriga negra y detectivesca el autor ha escrito una obra muy personal: la acción se sitúa en su ciudad de Murcia y en el año que le vio nacer, e incluso reserva un pequeño cameo para sus padres, a quienes dedica la novela. Tal vez por ello 1969 no es la primera parte de una serie sino una historia completa con su principio y su final, además de que Jerónimo Tristante ya tiene con Víctor Ros un policía decimonónico que protagoniza su propia serie, y sin duda el pobre Julio Alsina tampoco daba como detective protagonista para más de un libro.

La trama adolece del mismo defecto que en El misterio de la casa Aranda, la resolución de la intriga no está a la altura de su planteamiento y el autor se ve obligado a rizar el rizo hacia el final para que no se le vaya de las manos todo el tinglado argumental que ha ido montando con gran pericia y un estupendo sentido del ritmo narrativo. Esto hace que algunos hilos argumentales se resuelvan de manera un tanto inverosímil y que varias preguntas se queden sin una respuesta satisfactoria, pero lo cierto es que consigue salir con dignidad del aprieto.

Se trata en resumen de una obra bien escrita de un autor que sabe utilizar con maestría y precisión los registros del género. 1969 se distingue por su estupenda ambientación de la España de los últimos años del franquismo en una ciudad de provincias y por unos personajes humanos, complejos y creíbles. Un libro perfecto para leer y regalar a continuación a alguien que ande necesitado de lecturas ligeras con fundamento y no le importe recibir ejemplares de segunda mano. El mío ya está en camino a su destinatario.

lunes, 17 de enero de 2011

Hablemos de langostas, David Foster Wallace


Hablemos de langostas recoge artículos de opinión, críticas literarias y reportajes extensos que David Foster Wallace escribió para publicaciones tan diversas como los propios artículos entre 1995 y 2005 aproximadamente. DFW era escritor y profesor universitario, por lo que su labor periodística puede presentar ese tufillo de intrusismo profesional por parte de un escritor de éxito contratado por publicaciones que desean tener firmas de prestigio entre sus páginas. Pero sus artículos están bien construidos y son enormemente amenos e informativos, aunque la manía del autor de extenderse en todo tipo de explicaciones en notas a pie de página (y en notas a estas notas) puede resultar irritante para lectores tendentes a perder fácilmente el hilo narrativo. El propio autor aduce en ocasiones que ya que el editor va a eliminar todas las disgresiones de su artículo, no ve motivo alguno para limitarse. Y en efecto, no lo hace.

DFW es uno de esos autores con opiniones muy específicas sobre los temas de los que tratan sus artículos, desde la industria porno en los EE.UU. hasta el consumo de langostas pasando por la literatura de John Updike, Kafka y Dostoievski o el mal uso del idioma. Pero no pretende que su autoridad personal sea el único sustento de tales opiniones, se preocupa en fundamentar sus afirmaciones con datos, citas de autoridades en la materia y ejemplos muy variopintos. Y no olvidemos su mejor arma, que es un dominio perfecto y absoluto del idioma, que combina con un talento narrativo excepcional y un humor que hace que sus textos sean accesibles para cualquiera. Leer artículos de alguien que sabe lo que dice y que además también sabe cómo decirlo para todos los públicos se ha convertido en un placer cada vez más inesperado, y este libro ofrece algunas páginas realmente inolvidables. David Foster Wallace es un escritor que merece ser leído, y este me parece un buen libro para empezar, al menos quien sea capaz de hacer abstracción de la horrorosa portada.

lunes, 10 de enero de 2011

Experiencia, Martin Amis


El crítico Michimo Kakutani escribió en su reseña en The New York Times:
Martin Amis ha demostrado que es un escritor dotado de un arsenal enorme de talentos literarios: un dominio deslumbrante y camaleonesco del lenguaje, una voluntad de abordar los grandes problemas y los aún mayores lienzos sociales y un ojo implacable para la efervescencia malsana de la vida contemporánea. La única cosa que falta en su obra, los lectores podrían haber alegado, era sinceridad emocional, demasiado a menudo su escritura ha usado un desprendimiento sardónico y la fría pirotecnia posmoderna en lugar de un sentimiento sincero.

Este sentimiento sincero hacia su padre, hacia sus hijos, hacia las mujeres que amó y acabó abandonando (o no), hacia sus amigos y enemigos, es lo que hace que Experiencia me haya gustado mucho más que los libros de ficción que he leído de Martin Amis. Aunque el autor sigue preocupándose por mantener el tipo y la compostura, para escribir estas páginas ha abandonado la pose del escritor más chulo de ambas orillas del Támesis, y su estilo gana mucho con eso.

Martin Amis dice tuvo que esperar a que su padre muriera para poder escribir este libro. Lo que no dice, pero se desprende de todo lo que va contando, es lo difícil que tuvo que ser para él medirse toda su vida con un padre académico y escritor de la altura de Kingsley Amis, un padre que además nunca se privó de verter durísimas críticas sobre las novelas de su hijo. Martin, en cambio, no oculta su admiración hacia la obra paterna, de la que cita profusamente a lo largo del libro, y es posible que el ser capaz de admirar a Kingsley como autor le ayudara a reconciliarse con la difícil persona que tuvo como padre.

Pero fuera de todo lo anecdótico, voyeurista y morboso que ofrece esta lectura (que es mucho), la gran sorpresa para mí ha sido comprobar lo buen crítico literario que es Amis. Que un escritor hable bien, mal o regular de sus compañeros de oficio es algo casi obligado en toda autobiografía. Pero es que Martin Amis sabe muy bien de lo que habla cuando alaba a Nabokob, Joyce o Bellow, o cuando critica con gran sutileza y una enorme carga de veneno a John Updike: da argumentos bien válidos, y sabe expresar e ilustrar sus argumentos de manera ejemplar. Amis será un buen novelista (aunque no estoy yo tan segura de eso) pero habría sido un magnífico estudioso de la literatura si su talante le hubiera permitido seguir una carrera académica.

lunes, 3 de enero de 2011

Contra el viento del norte, Daniel Glattauer


Esta novela es tremendamente entretenida pero pide mucho de la credibilidad del lector: el azar es un motor importante de la trama, la bondad humana también lo es. Que Leo y Emmi se conozcan por casualidad a causa de un correo electrónico erróneo y sigan escribiéndose después, es algo casi normal y ni siquiera tan novedoso como pudiera pensarse (amistades y amores epistolares han existido en todas las épocas). Que ambos se opongan con tanta energía a un encuentro personal o incluso a un intercambio de fotos es más difícil de creer, pero entra dentro de lo posible. Lo que ya cuesta aceptar es la bondad sin límites de los personajes. Los celos son una muestra de amor y nunca llegan a ser enfermizos ni violentos, la comprensión hacia las flaquezas y enfados del otro roza lo inverosímil, y ninguna actuación de los personajes llega a ser mezquina, impropia, brutal, inmoderada. El amor cibernético de Emmi y Leo en Contra el viento del norte es de un platonismo nunca visto desde los tiempos del amor cortés.

Con todo esto la novela llega a su conclusión, que no lo es tal porque la historia continúa en Cada siete olas. Pero esta ya es otra novela, menos divertida y más amarga que su predecesora pero donde los personajes se revelan mucho más imperfectos, humanos y falibles y por ello tanto más creíbles. Recomiendo leer ambos libros del tirón o no leer ninguno de ellos, porque la primera novela sin la segunda tiene poca razón de ser excepto como cuento de hadas cibernético para los adultos del siglo XXI.