viernes, 5 de agosto de 2011

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq

Jed Martin, el protagonista de la novela y cuya trayectoria artística y vital forma el hilo conductor de la trama, no es un alter ego de Michel Houellebecq pero sí que da la impresión de ser ese amigo que el autor siempre quiso tener: inteligente, amable, silencioso, desprovisto de ambición y aspiraciones vitales y capaz de renunciar al amor, al sexo e incluso a la interacción con otros seres humanos a quienes sin embargo no deja de apreciar. Tal vez por esto el escritor Michel Houellebecq aparecerá como personaje en la novela y tendrá un papel de cierta importancia en la vida de Jed Martin; la simpatía entre ambos personajes será mutua y llegará incluso a alcanzar una cierta forma de entendimiento.

Como en otras novelas del autor, Houellebecq va dejando a lo largo de la narración comentarios al margen sobre la sociedad, la política, la economía, el arte y la situación de Francia en general. Muchas referencias se le podrán escapar al lector poco familiarizado con la realidad francesa, otras como la contínua insistencia de las cajeras de los supermercados en preguntar por la tarjeta de cliente son bien reconocibles. Pero fundamentales serán las referencias a las utopías sociales del siglo XIX, concretamente a las teorías de William Morris y su convicción de la necesidad de volver al estado gremial de la Edad Media en el que todo el proceso de producción (desde el diseño hasta la fabricación) estaba en las manos del mismo individuo, lo que garantizaba tanto la calidad del producto elaborado como la satisfacción del trabajador. Houellebecq está convencido de que la era del capitalismo industrial europeo llega a su fin, y que solamente una vuelta a la naturaleza y a un modo de vida sencillo y auténtico puede ofrecer una oportunidad de ser feliz al hombre.

Dejando a un lado la viabilidad de estas utopías del autor, la novela sorprende por su madurez y su serenidad. Houellebecq ya no necesita escandalizar al lector para transmitirle su mensaje, esta vez se vale de una prosa bien elaborada y de una sencillez engañosa que engancha sin necesidad de recurrir a sensacionalismos, con unos personajes que calan hondo con su profunda autenticidad personal sin necesidad de ser simpáticos o amables, ni tan siquiera atractivos. Michel Houellebecq no se ha reconciliado ni con el ser humano ni con la sociedad en la que vive, pero puede ser que se haya reconciliado consigo mismo.

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