sábado, 4 de junio de 2011

Sputnik, mi amor, Haruki Murakami


Hay diferentes maneras posibles de leer una novela de Murakami. Puedes leerla de forma literal, con el riesgo de aburrirte profundamente porque sus temas se repiten hasta la saciedad: el narrador masculino en primera persona conoce a chica rarita, a veces un múltiplo de ellas, y este conocimiento le acabará llevando tarde o temprano a una realidad paralela a la que entrará o no, y en la que quedará atrapado o de la que podrá escapar. También es posible enfrentarse a sus libros en modo decodificador, buscando sentidos ocultos en cada suceso, en cada luna, en cada gato y en cada cuervo que aparezca. Pero me parece que la mejor manera de disfrutar de sus libros es un estadio intermedio entre ambos extremos, el propio narrador de sus novelas suele explicarle a la chica de turno en un momento dado de la obra qué es una metáfora y por qué nos servimos de símbolos, frases hechas y comparaciones al hablar: porque hay cosas que no se pueden explicar con las palabras de cada día, que escapan a la lógica del lenguaje y necesitan ser captadas con la sensibilidad y no con los sentidos.

En esta novela la metáfora central es el Sputnik, el satélite artifical que gira alrededor de la Tierra en completo aislamiento. En algún momento su órbita se podrá cruzar con la de otro Sputnik que pase por allí, pero no dejará de ser un fenómeno pasajero y ambos satélites tendrán que continuar sus vueltas solitarias alrededor del planeta hasta que finalmente acaben estrellándose en la atmósfera cuando termine su periodo de funcionamiento. La incomunicación, la imposibilidad de llegar a conectar con los demás, el mundo externo como una amenaza, son los temas que irán surgiendo de forma velada o explícita a partir del triángulo amoroso que forman los protagonistas de la novela: chico está enamorado de chica, chica está enamorada de señora casada. Un planteamiento bastante claro de un argumento que también avanza sin virajes bruscos ni saltos temporales, hasta llegar a un final inconclusivo y extraño que deja al lector con la impresión de no haber entendido nada de lo leído. O tal vez sea que realmente no hay nada que entender fuera de la metáfora central de la obra, y es cierto que algunas historias se acaban sin haber tenido realmente un final. Muy buen libro, en cualquier caso, para quien se conforme con las sensaciones derivadas de la lectura y no necesite más conclusión que un punto al final de la última frase.

No hay comentarios: