sábado, 28 de mayo de 2011

Noviembre sin violetas, Lorenzo Silva


En realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás.
Las sabias palabras con las que Julio Cortázar abre el capítulo 21 de Rayuela pueden ser una explicación de por qué tras haberlo tenido olvidado durante quince años he rescatado de la estantería para releerlo mi viejo volumen de Noviembre sin violetas de Lorenzo Silva. Una novela de ambiente melancólico releída en primavera bajo el signo de la nostalgia, el riesgo era grande pero el libro ha logrado salir airoso de la prueba del tiempo y la memoria.

Sin duda ahora puedo ver mejor que quince años atrás lo mucho que hay de pose en la desesperación vital de Juan, el protagonista de este relato negro de crímenes y venganzas en un Madrid otoñal. Y los excesos estilísticos del escritor novel pueden causar cierto rubor retrospectivo al autor ya consagrado. Pero es una novela escrita con gusto y con ganas por alguien que después ha tenido amplia ocasión de demostrar su valía sin renunciar a ser consecuente consigo mismo y con su obra. Y eso es uno de los mayores cumplidos que se le pueden hacer a una persona y a un escritor tras más de quince años de carrera.

Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida,
continúa Cortázar. Lorenzo Silva, que tiene exactamente la misma edad que yo, empezó a publicar sus libros cuando yo había decidido convertirme en lectora vocacional. Entonces lo leí y me gustó estrepitosamente, ahora lo releo, sonrío y veo que el viejo amor sigue intacto a pesar de todo.
Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer (¿me hapasiona, dije?), y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro.
Tal que así.

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