domingo, 20 de febrero de 2011

Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata


Este ha sido el primer libro japonés que leo aparte de las obras de Murakami, mi primer japonés “clásico” por así decirlo. Siempre he tenido un poco de recelo ante estas obras orientales que suelen recibir calificativos como lentas, estilizadas, elegantes, adjetivos todos que tienen poco que ver con mi personalidad. Así que ha sido un alivio encontrarme en este libro con una historia que sin duda se puede calificar de estilizada y elegante, pero que no me ha resultado nada lenta.

La historia parte de una situación estereotipada: la pintora Otoko tuvo a los dieciséis años una relación amorosa con Oki, un escritor casado y bastante mayor que ella. Tras años de separación él va a buscarla a Kyoto, donde la pintora vive con su alumna Keiko, y cuando Keiko vaya a casa de Oki a llevarle unos cuadros conocerá a su hijo Taichiro. Fumiko, la esposa de Oki, completa este triángulo amoroso de cinco lados en el que los personajes escuchan las campanas de los templos, contemplan los jardines rocosos o toman el té servidos por geishas en kimono mientras juegan a un tira y afloja de poder, atracción y erotismo dentro de las más estrictas normas de la estilización y la elegancia.

Sin explicación psicológica alguna, con toda la estética de la crueldad de la que son capaces los japoneses, la acción se va tejiendo hacia un final que parece tan inevitable que está de más buscar culpables. Estas artistas en kimono, que se dicen débiles y sometidas a los impulsos del corazón, aparecen más liberadas del yugo masculino que sus colegas londinenses de la época que retratara Doris Lessing en otra gran novela de la década de los 60, El cuaderno dorado. Pero ya se sabe que las comparaciones son odiosas.

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