lunes, 26 de diciembre de 2011

El tiempo es un canalla, Jennifer Egan


Time is a goon – el tiempo es un matón.  Esta es la conclusión que sacaría Marcel Proust si fuera en busca del tiempo perdido en la encrucijada del nuevo milenio, entre las esperanzas sin límites de los años 70 y la crisis nihilista de principios del siglo XXI.  El libro ganador del Premio Pullitzer de ficción 2011 es una novela coral en la que los personajes se van pasando la palabra (en primera persona, en tercera persona, incluso con una presentación de gráficos) para hablarle al lector de su circunstancia vital del momento.  De sus circunstancias pasadas o futuras ya iremos teniendo noticias a través de otros personajes, porque estas vidas se cruzan y entrecruzan formando una densa red que no va a tomar su forma definitiva hasta las últimas páginas de la novela.  Por eso este libro es un diesel, tarda en calentar motores y avanzar pero cuando lo hace su marcha es imparable y por momentos demoledora.

El tiempo es un matón, cierto, pero va a depender de nosotros mismos si dejamos que las circunstancias temporales nos superen o si nos atrevemos a plantarle cara, no en busca de una eterna juventud imposible sino aceptando las pérdidas y siguiendo adelante con una mínima dignidad.  La autora es una narradora de gran talento y muy valiente, sin miedo a enfrentarse a unas historias complejas pero nunca melodramáticas y a una narración caleidoscópica que deja ver las múltiples caras que puede tener un mismo evento según el punto de vista de quien lo observe. Es una pena que un libro tan interesante y de tan ambiciosa factura esté pasando tan desapercibido.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Caos calmo, Sandro Veronesi


Un caos calmo expresa según el autor de la novela la trampa de no ver a tiempo lo negativo de una situación, en este caso el de no reconocer el límite en el que empieza la locura.  Es la trampa en la que cae Pietro Paladini, un alto ejecutivo televisivo de 43 años, cuando su mujer muere de repente y se instala cada día delante del colegio de su hija mientras decide qué es lo que siente acerca de su viudez, si  es que siente algo.  Esta conducta inesperada provocará un cambio de perspectiva en sí mismo y en los que le rodean, dando lugar a una serie de confesiones personales y acciones inesperadas que a su vez desencadenarán nuevos acontecimientos.  Algo en apariencia tan simple como sentarse en un banco a la puerta de un colegio va a ser susceptible de ocasionar una auténtica revolución en las vidas de sus allegados, y las consecuencias no van a ser necesariamente positivas.  Esto hará que Pietro tenga que replantearse su propia vida y sus responsabilidades personales, más allá de sí mismo, su dolor y sus dudas.

Veronesi nos muestra en la novela lo diferente que nos puede aparecer la realidad solamente con cambiar un poco el punto de vista desde el que la miramos, y a partir de ahí va detallando con ejemplos muy variopintos pero muy verosímiles también lo que ese ver la realidad de otra manera puede hacer con una persona. Una historia ejemplar sin moraleja y de lectura entretenida con fundamento. Y una estupenda traducción de Xavier González Rovira que hace olvidar al lector que está leyendo un libro traducido, lástima de las erratas y errores al final, que afean un poco esta perfección. Muy recomendable para todo aquel que esté convencido de que en verdad we are accidents waiting to happen.


Ahora la canción ha terminado y hay aplausos, gritos.  El cantante dice algo, pero no lo entiendo, sólo entiendo «old selection».  Debe de estar anunciando el título de la próxima canción, porque dice «It’s called» no sé qué, provocando una ovación, tras lo cual empieza un solo muy triste de guitarra que se repite en vano durante algunos compases.  Luego la voz empieza a cantar, lánguidamente:
«This is the place», dice.  Lo juro.                        
«Remember me?»
Ah.  Claro que te recuerdo.
«We’ve been trying to reach you…»
Ya.  Es difícil no darse cuenta, canción.  Dime…
«This is the place.  It won’t hurt, it will not hurt.»
Es verdad, canción:  no me hace daño, no siento dolor;  sobre todo, en este lugar.  Y déjame que te diga algo:  es fantástico dialogar contigo.  Dime algo:  ¿tú cómo ves esta vida mía tan extraña?  ¿Cómo piensas que tendría que actuar, así en general?  Pero ahora ya no entiendes nada:  el cantante se pone a mascullar las palabras y la música toma su papel preponderante.  Es bonita, la verdad, lánguida y lo que se quiera, pero a mí me interesaba la letra.  «Recognition», «face», «empty», consigo captar tan sólo palabras aisladas, fragmentos:  «to go home», «at the bottom of the ocean», nuevamente «face»…  A saber lo que me estarás diciendo, canción, algo impportante y que yo no entiendo.  […]
«Cause it’s time to go home»
Ésta, por ejemplo, ésta la comprendo perfectamente y, de hecho, es verdad:  es hora de volver a casa.  Los últimos versos, en cambio, no;  la canción se termina y sí, sí, yo vuelvo a casa.  Lo dice también  el bonito ruido gratificante de la puerta superreforzada al cerrarse:   sclomp:  es la hora de volver a casa.  Gracias, canción;  gracias, también por la ovación que ahora me estás dedicando, larga, sincera, apasionada:  nunca la he recibido, ¿sabes?, en toda mi vida.  Ni siquiera una.  Y en cambio una buena ovación, a veces, es justo lo que se necesita, para hacerte volver a casa sereno, con el corazón repleto de caos y de tranquilidad…

Caos calmo, pgs. 244-5


 


jueves, 8 de diciembre de 2011

Manhood for Amateurs, Michael Chabon

Soy incapaz de escribir una crítica objetiva y mesurada de este libro, que me ha llegado al alma. Con un estilo engañosamente simple, Chabon escribe unos artículos en tono coloquial y directo sobre sus vicisitudes como hijo, como padre, como esposo y como hombre moderno en general que busca ejercer su hombría de forma no avasalladora o represiva desde la perspectiva de sus cuarenta y cinco años de historia personal. Todo esto es susceptible de provocar un aburrimiento mortal en el lector poco dado a empatizar con la vida de los demás y va a decepcionar profundamente al lector que busca la Literatura con mayúsculas en lso libros que lee. Pero a esta lectora, convencida como está de que la Literatura consiste en el soplo de vida que el verdadero artista es capaz de proporcionar a sus creaciones, este libro la ha entusiasmado por auténtico y por vital.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Intersecciones, Pablo de Aguilar González

"¿Qué ocurriría si, de pronto, eres otra persona? Fulgencio te cuenta la historia de cómo, a partir de un encuentro casual en el híper con un desconocido, todo su entorno cambia repentinamente. Su vida se ha convertido en la de un indigente al que la policía culpa de la muerte de otro vagabundo, y una sin techo desdentada parece ser íntima suya. Desde ese momento, el protagonista debe lidiar con dos problemas: recuperar su vida y averiguar qué sucedió en el crimen que se le achaca.
Una trama ágil y divertida ambientada en los terrenos que nos son más cotidianos para disparar, con humor y gran acierto, el dardo de la sospecha sobre lo más sagrado que posee el hombre contemporáneo: su cómoda e incuestionable identidad."

Esta sinopsis de la novela me hizo pensar en la típica comedia made in Hollywood en la que el protagonista sufre todo tipo de equívocos al verse prisionero en un cuerpo que no es el suyo... por suerte nada más lejos de la realidad de este estupendo e inquietante libro. El planteamiento de los posibles mundos paralelos es un clásico de la literatura de género que Pablo de Aguilar adapta aquí en una novela tan disparatada como plausible, consiguiendo que el lector acepte sin pestañear hasta los giros más increíbles de la trama, porque si cualquier cosa es posible lo imposible deja de tener sentido.

¿Se puede escribir una comedia seria y oscura sobre el absurdo fundamental de la existencia? Sí que se puede, si el autor consigue mantener el difícil equilibrio entre lo fantástico y lo verosímil, no se ríe demasiado con sus propios chistes y es consecuente con sus planteamientos hasta el final. Y Pablo de Aguilar logra salir airoso de tan ardua tarea, presentándonos un libro escrito desde el lado más oscuro con una engañosa ligereza de tono y una sorprendente resolución final de la trama que le delatan como un dios nada mediocre, capaz de crear un mundo de cuatro dimensiones el día menos pensado. Espero que no tarde mucho en hacerlo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La trama nupcial - Jeffrey Eugenides


Las escritoras británicas de la época victoriana inventaron un nuevo género de novela en el que se especializaron con gran éxito: la trama matrimonial, novelas que reflejaban la lucha de las mujeres de la época por conseguir un marido aceptable y adecuado que les solucionara la vida tanto social como financieramente. La nueva novela de Jeffrey Eugenides (que espero sea traducida al español en breve) se nos presenta como un giro postmoderno de esta trama matrimonial, en el que Madeleine, una estudiante que escribe su tesis justamente sobre dicho tema, descubrirá simultáneamente la semiótica y el amor con consecuencias desastrosas para todos los implicados.
La novela empieza como un libro sobre libros de ambiente universitario, para después ir evolucionando hacia una trama psicológica y de costumbres cuando el triángulo protagonista (Madeleine, Leonard el científico al que ama y Michael el teólogo que aspira a casarse con ella) acaba sus estudios y se ve lanzado a la vida real. Entonces los tres van a descubrir que el mundillo universitario es una burbuja fuera de la realidad, y el despertar a la vida no siempre va a ser tan dulce. El feminismo ha acabado con muchas seguridades en materia amorosa, las mujeres ya no buscan un marido que les solucione la vida porque decubren que se pueden defender mucho mejor sin ellos, y seguir el camino de la ciencia o de la religión puede resultar más arduo de lo que parece. La vida de la época postmoderna está tan deconstruida como la novela, y ninguna semiótica podrá ayudar a los protagonistas a captar su sentido último, si es que lo hay. No confessions, no religion, don’t believe in modern love.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Entrevistas breves con hombres repulsivos, David Foster Wallace

Acabo de leerme Entrevistas breves con hombres repulsivos, mi primera incursión en los relatos de Foster Wallace después de sus novelas y artículos. Me ha sorprendido mucho la brevedad de algunos de los relatos, que no llegan ni a las dos páginas. Para compensar, otros son interminables con una larga lista de notas añadidas. Y una tercera categoría, los titulados Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras y Entrevistas breves con hombres repulsivos, van apareciendo de manera recurrente con nuevas entregas repartidas a lo largo del libro. De calidad los relatos son tan variables como su longitud y dan sobre todo la impresión de ser la obra de un autor que aún tantea en busca de su propia voz narrativa. Pero hay algunos, como La persona deprimida o El suicidio como una especie de regalo, susceptibles de dejar al lector con la mandíbula desencajada por un tiempo. Y todos ellos son bastante inquietantes, cada uno dentro de su propia idiosincrasia.

Estos relatos son una lectura bastante heavy para quien no esté familiarizado con el estilo, la temática y la técnica narrativa del autor, consistente en llevar al lector y a sus personajes hasta el líminte, para una vez allí darles un buen empujón y describir detalladamente cómo se van despeñando. Repulsivos pueden resultar los hombres (y las mujeres) de estos relatos sin lugar a dudas, pero el lector no va a conseguir distanciarse de ellos en un horror dignificado porque esa repulsión que causan viene dada por unos defectos demasiado humanos y reconocibles. Una lectura incómoda, sí, pero que también puede resultar bastante compulsiva para quien no tenga miedo de verse reflejado en los espejos deformantes del callejón del Gato, en versión americana esta vez.

martes, 1 de noviembre de 2011

The Marriage Plot, Jeffrey Eugenides. La compra.


Soy bastante reacia a comprarme novelas que acaban de ser publicadas. Pero después de leer reseñas como la que traduzco aquí abajo (sacada del sitio web de Amazon) no he podido resistir la tentación de traerme a casa este libro para una lectura inminente. Ya les contaré.


La nueva novela largamente esperada del ganador del premio Pulitzer Jeffrey Eugenides.

"No hay felicidad en el amor, excepto al final de una novela inglesa." -Anthony Trollope, Barchester Towers

Madeleine Hanna era la estudiante de inglés obediente que no se enteró del cambio. Mientras todos los demás a principios de los 80 estaban leyendo a Derrida, ella seguía felizmente concentrada en Jane Austen y George Eliot, los proveedores de la trama del matrimonio que se encuentra en el corazón de las grandes novelas inglesas. Madeleine era la chica que se vestía demasiado bien para el gusto de sus amigos más bohemios, la novia perfecta cuya vida amorosa universitaria, a pesar de su belleza, no había cumplido con las expectativas.

Pero ahora, en la primavera de su último año , Madeleine se ha matriculado en un curso de semiótica "para ver a qué viene tanto revuelo" y, por razones que nada tienen que ver con la escuela, la vida y la literatura nunca volverán a ser lo mismo. No después de que ella se enamore de Leonard Morten - solitario carismático, darwinista universitario y chico perdido de Oregon – poseedor de una energía aparentemente inagotable y que le enseñará los éxtasis de la experiencia inmediata. Y ciertamente no después de que Mitchell Grammaticus - devoto de Patti Smith y Thomas Merton - reaparezca en su vida, obsesionado con la idea de que Madeleine está destinada a ser su compañera.

El triángulo de esta deliciosa novela sobre una generación que empieza a crecer, es intemporal y completamente fresco y sorprendente. Con ingenio devastador ironía, y una comprensión un amor duraderos por sus personajes, Jeffrey Eugenides resucita la energía original de la novela, mientras crea una historia tan contemporánea que se lee como el diario íntimo de nuestras propias vidas.


domingo, 30 de octubre de 2011

El ruido y la furia, William Faulkner

Había oído ya tantas cosas sobre la dificultad y la ilegibilidad de este libro, que empecé con él como quien se prepara a ascender el Everest... para luego descubrir que hay ascensor. O sea que el temido primer capítulo no me resultó ni tan difícil ni tan ilegible ni tan aburrido como me esperaba. Lo cierto es que este tipo de libros resultan menos complicados de leer si se pueden leer en la versión original, porque buena parte de la dificultad radica en que el lenguaje usado por los autores es una representación literal de las variantes dialectales de los personajes. El autor en estos casos está plasmando el habla real de un grupo regional o social determinado, pero ¿qué hace el traductor con esto? Sus intentos de traducir al español lo intraducible pueden añadir una dificultad extra a un texto ya de por sí complicado. Sí que es cierto que en la "narración" de Benjy las asociaciones entre las escenas son totalmente libres y sin relación aparente alguna, cuya clave el lector la irá encontrando a medida que avance la narración. Pero eso es algo que no me molesta, al contrario le añade un aliciente extra a la lectura.

Sé que se supone que leer a Faulkner tiene que ser un esfuerzo, un sacrificio casi, pero qué quieren que les diga, a mí me ha gustado mucho. La historia es buena, sin duda, y los personajes son fascinantes, pero lo mejor del libro radica en la forma narrativa: ese ir desvelando los secretos de una familia maldita a través de la visión incoherente y subjetiva de tres de sus miembros, y ofrecernos en el cuarto capítulo la visión global del conjunto vista "desde arriba" por un narrador omnisciente que elige no decir todo lo que sabe. Hay que ser de muy buena cuna literaria para ser capaz de hacer esto, pero es que Faulkner no ha robado su reputación de ser uno de los mejores escritores de todos los tiempos.

Una última puntualización: he leído por ahí que el hermano Jason sería la personificación del mal, Satán en persona. Y no estoy nada de acuerdo con esto, Jason al igual que sus hermanos Quentin y Benjy es una víctima de la auténtica fuente del mal de la familia, que es la madre. Esa madre enfermiza que "no quiere ser una carga para nadie" pero que sin embargo domina con mano de hierro toda la vida familiar, esa madre egoísta cuya voz llamando desde el dormitorio me va a causar pesadillas el resto de mi vida, es en toda su debilidad y blandura uno de los personajes más terroríficos que he encontrado jamás.

domingo, 23 de octubre de 2011

Andrea Camilleri, La forma del agua

¿Es posible que un excesivo contacto con el mundillo literario te quiten las ganas de leer y de comentar libros? Sí, es posible. Doy fe de ello. Menos mal que siempre queda el recurso de acudir a lecturas sencillas, honestas y sin pretensiones, que te vuelven a recordar por qué empezaste a leer en primer lugar.

Montalbano, el policía protagonista de las novelas del siciliano Andrea Camilleri, no es un hombre atractivo ni agradable, no tiene poderes extraordinarios de deducción y ni siquiera le queda la esperanza de poder arreglar en algo el desastroso estado de violencia y corrupción de su adorada isla. Su mayor placer en la vida es la comida, y disfruta de ella con todos sus sentidos. Lo mismo que disfruta de la lectura, tanto de Faulkner como de Vázquez Montalbán (¿o pensaban ustedes que su nombre y su afición culinaria eran casuales?). Así que después de haberme dado una cura de buen sentido siciliano, empiezo a leer The Sound and the Fury de Faulkner. En la sobremesa, claro está.

lunes, 3 de octubre de 2011

Las obras escogidas de T.S. Spivet, Reif Larsen

Un chico llamado Tecumseh Sparrow Spivet, condenado por ese nombre y la familia que se lo impuso a trazar mapas de cada aspecto de la existencia para intentar empezar a comprender el mundo y sus circunstancias. El punto de partida del libro no podría ser más prometedor, toda la primera parte de la novela es realmente deliciosa mientras vamos conociendo a T.S. y su total inadaptación a la vida en un rancho de Montana, con su padre el cowboy rudo y silencioso, su madre cuya obsesión por sus estudios científicos lleva a su hijo a llamarla siempre “Dr. Clair”, la hermana adolescente que sueña con una vida normal lo mùas lejos posible del rancho y el hermano que murió en un accidente del que nadie quiere hablar. Una familia que apenas logra encontrar un modelo de convivencia para estos miembros tan variopintos que se adoran a pesar de no llegar a entenderse en absoluto. Y T.S. va ilustrando hasta sus acciones más banales con mapas, esquemas, bocetos y comentarios al margen que son una verdadera delicia y que van dotando de una gran profundidad personal a lo que podría haber quedado en un gabinete de rarezas humanas.

Toda esta primera parte se balancea peligrosamente entre lo encantador y lo empalagoso e incluso lo patético, pero consigue mantener el tipo gracias a la sutil ironía e ingenuidad de las disgresiones ilustradas al margen y gracias también al buen hacer del escritor, que se sirve de un estilo mezcla David Foster Wallace y John Irving que aunque parezca mentira llega a funcionar. Sin embargo, el autor es ambicioso y no se conforma con profundizar en este planteamiento que sin duda podría haberle dado mucho juego: envía a T.S. de viaje a Washington atravesando los EE.UU. en tren, al tiempo que va leyendo un cuaderno de su madre donde ésta recoge la historia de una abuela pionera en los estudios científicos, que a su vez le sirve al autor para ir introduciendo alegatos a favor del feminismo y en contra del creacionismo. Y con tanto saltar de un tema a otro, la novela acaba dando una impresión caótica y poco planificada mientras deja prácticamente todos los hilos sueltos sin resolver, algo que no deja de ser una contradicción en el libro sobre un chico que va planificando toda su existencia a base de mapas y diagramas. Como bien dice el crítico americano Ron Charles en el cierre de su reseña a esta novela en el Washington Post, es una verdadera lástima que nadie ayudara a este joven autor a trabajar en este libro hasta convertirlo en la obra maestra de ruptura de géneros que podría haber sido.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El verano de los juguetes muertos, Toni Hill

Este es el libro que todo el mundo se iba a leer este verano que acaba de terminar, según la editorial. Un buen amigo (gracias Migue) me proporcionó la ocasión de poder formar parte de ese ‘todo el mundo’ y con ello la ocasión de ser la nota discordante frente a las muchas críticas positivas que ha ido recibiendo la novela.

¿Acaso no me ha gustado? Pues sí y no, es algo complicado. El libro está sin duda bien construido, y ese es justamente el fallo que yo le veo: está demasiado bien construido, las piezas encajan las unas en las otras como si de una caja de construcciones de Lego se tratara, una de esas cajas recién compradas donde no falta ni sobra ningún elemento. Hay el número preciso de personajes, con la variedad adecuada de sexo, edad, orientación sexual, nacionalidad, raza y profesión. Las clases altas son arrogantes, las clases bajas tienen miedo y son explotadas, los curas esconden vergonzosos secretos y los jóvenes se comunican por Facebook, MSN y blogs. Es lo que se puede llamar una novela de su tiempo, parece que hubiera sido diseñada por ordenador para obtener la mezcla correcta de ingredientes destinada a entretener al lector, engancharle y dejarle con ganas de más. Y sin duda ha conseguido su objetivo, a la vista están el éxito y las alabanzas que sin duda merecidamente van recibiendo el autor y su obra. Pero a mí no me ha convencido, más que una novela me ha parecido un producto perfectamente fabricado al que le falta personalidad propia y alma literaria. O al menos yo no he conseguido encontrárselos.

La novela negra mediterránea, que al parecer Toni Hill quiere reivindicar con esta obra frente al dominio de los escritores nórdicos, ya la inventó hace años Vázquez Montalbán con su genial detective Carvalho sobre el telón de fondo de una Barcelona sucia y preolímpica en novelas incorrectas, irregulares y que dejaban al lector knockeado tras la lectura. Sin embargo, es indudable que el mundo novelesco de Toni Hill está mucho más en sintonía con la realidad actual, me temo que mis gustos de novela negra se han quedado bastante desfasados.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Almas grises, Philippe Claudel

La historia de esta novela transcurre en un pueblo sin nombre sobre el transfondo de la Primera Guerra Mundial, y va siendo contada por un narrador igualmente sin nombre a quien la experiencia le ha enseñado que no existen almas blancas ni negras sino que todo el mundo tiene el alma gris. Curiosamente no será la Gran Guerra lo que le lleve a esta conclusión, pues la guerra apenas será algo anecdótico que ocurre a pocos kilómetros del pueblo pero que no llega a afectar en gran medida la vida de sus habitantes. Será más bien el Caso, el asesinato de una niña de diez años en el invierno de 1917, lo que desencadene todos los hechos que el narrador después tardará veinte años en lograr escribir en las páginas que el lector tiene en sus manos.

Un planteamiento muy prometedor que el autor desarrolla en una estructura narrativa realmente bien conseguida en su justa dosificación de acciones, hechos y revelaciones en el momento oportuno. Pero a pesar de toda su indudable calidad literaria el libro no ha logrado convencerme, como tampoco me convenció del todo El informe de Brodeck que fue mi anterior incursión en la narrativa de Philip Claudel. Hay algo en el estilo de este autor que me provoca rechazo, no estoy segura de si es el tremendismo melodramático del que gusta servirse para dar transcendencia a los hechos que narra, o el pesimismo exacerbado que plaga su obra hasta la inverosimlitud. Me parece que Claudel peca por exceso, no sabe dosificar los estupendos ingredientes de los que se sirve y acaba abrumando al lector con una avalancha de calamidades que hace perdera la narración todos los matices y sutilezas que tan bien le habrían venido como necesario contrapunto. Porque aunque todas las almas sean grises, cada una lo es dentro de su propia tonalidad, y esa variedad se pierde en la grisura uniforme del fatalismo que domina la novela.

miércoles, 24 de agosto de 2011

More Die of Heartbreak, Saul Bellow

Un buen lector amigo califica a Saul Bellow de “plúmbeo”. Otro buen lector amigo menos caritativo lo define como “un poco coñacete”. Sin embargo, desde que me leí Herzog por recomendación de un tercer buen lector amigo (para que luego digan que ya nadie lee en España) me apetecía volver a meterme en el cuerpo unos cuantos cientos de páginas de su prosa, tan dura de roer pero tan absorbente y tan bien escrita.

Pero me temo que Son más los que mueren de desamor (también traducido como Mueren más por desamor) no me ha terminado de convencer, aunque su planteamiento era muy prometedor. Los protagonistas del libro, Kenneth Trachtenberg y su tío Benn Crader, sufren al igual que Moses Herzog de lo que podría denominarse “el ridículo tormento del hombre hipereducado”: grandes intelectuales y reputados especialistas en su materia de estudio que sin embargo son incapaces de desenvolverse en la vida social del siglo XX, hombres que en teoría lo saben casi todo pero en la práctica demuestran no saber nada en absoluto. Y la situación está planteada de manera muy inteligente e incluso humorística, con el treintañero Kenneth como narrador y comentarista implacable de las desventuras amorosas de su tío cincuentón, al tiempo que repite en su propia vida los errores del otro que tanto se empeña en analizar para tratar de entenderlos.

Es justamente este empeño analista el que me ha estropeado la lectura. Saul Bellow es un auténtico mago de la palabra escrita, y sin duda la premisa sobre la que se basa el libro de que son más los que mueren de desamor que a consecuencia de escapes radioactivos es cierta. Pero Kenneth Trachtenberg no es Moses Herzog, y sus disgresiones como narrador errático acaban resultando excesivas en un tocho novelesco de más de cuatrocientas páginas al que le sobran la mitad de ellas. El libro me ha gustado, pero sí que me ha resultado un poco plúmbeo. Y algo coñacete.


jueves, 18 de agosto de 2011

Lejos de Toledo, Angel Wagenstein

Plóvdiv es un pueblo de Bulgaria donde Albert Cohen, el protagonista y narrador de esta historia, pasó su infancia con sus abuelos, judíos de origen sefardí cuyos antepasados tuvieron que abandonar Toledo tras la expulsión de los judíos de España. Allí, tan lejos del Toledo multicultural de la época árabe, el joven Berto vivirá una infancia de pobreza material pero en una rica convivencia con turcos, gitanos, armenios, católicos, ortodoxos y judíos. Una mezcla que resulta explosiva las más de las veces pero que durante un tiempo logró funcionar gracias al talante de las gentes, que aprendieron a vivir con las idiosincrasias mutuas sin llegar a comprenderse pero consiguiendo un cierto nivel de tolerancia. Este Toledo búlgaro, sin embargo, estaba tan condenado a fracasar como el originario español, aunque esta vez no sería el fundamentalismo religioso sino el comunismo doctrinario el que acabó con esa comunidad tan heterogénea.

Pero todo esto es el transfondo histórico y social de la novela, lo que el lector tiene entre manos es una hermosa historia de regreso al mundo mágico de la infancia desde el desengaño de la edad adulta, narrada en clave de parábola y haciendo uso de todos los efectos narrativos necesarios para mantener la atención del lector y tocarle la fibra sensible pero sin llegar nunca al dramatismo. El gran acierto del autor es que consigue hablar de la dura realidad de los conflictos étnicos sin idealizar la situación pero al mismo tiempo dibujando una situación ideal: la convivencia posible de gentes de diferentes etnias en momentos muy determinados de la historia, convivencias que dejaron recuerdos muy hermosos pero que siempre acabaron mal.

Guardan silencio las tumbas ortodoxas, católicas, judías, armenias y musulmanas. Nunca ha reinado la paz entre los vivos. Los muertos demuestran más sabiduría. (pg. 215)


viernes, 5 de agosto de 2011

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq

Jed Martin, el protagonista de la novela y cuya trayectoria artística y vital forma el hilo conductor de la trama, no es un alter ego de Michel Houellebecq pero sí que da la impresión de ser ese amigo que el autor siempre quiso tener: inteligente, amable, silencioso, desprovisto de ambición y aspiraciones vitales y capaz de renunciar al amor, al sexo e incluso a la interacción con otros seres humanos a quienes sin embargo no deja de apreciar. Tal vez por esto el escritor Michel Houellebecq aparecerá como personaje en la novela y tendrá un papel de cierta importancia en la vida de Jed Martin; la simpatía entre ambos personajes será mutua y llegará incluso a alcanzar una cierta forma de entendimiento.

Como en otras novelas del autor, Houellebecq va dejando a lo largo de la narración comentarios al margen sobre la sociedad, la política, la economía, el arte y la situación de Francia en general. Muchas referencias se le podrán escapar al lector poco familiarizado con la realidad francesa, otras como la contínua insistencia de las cajeras de los supermercados en preguntar por la tarjeta de cliente son bien reconocibles. Pero fundamentales serán las referencias a las utopías sociales del siglo XIX, concretamente a las teorías de William Morris y su convicción de la necesidad de volver al estado gremial de la Edad Media en el que todo el proceso de producción (desde el diseño hasta la fabricación) estaba en las manos del mismo individuo, lo que garantizaba tanto la calidad del producto elaborado como la satisfacción del trabajador. Houellebecq está convencido de que la era del capitalismo industrial europeo llega a su fin, y que solamente una vuelta a la naturaleza y a un modo de vida sencillo y auténtico puede ofrecer una oportunidad de ser feliz al hombre.

Dejando a un lado la viabilidad de estas utopías del autor, la novela sorprende por su madurez y su serenidad. Houellebecq ya no necesita escandalizar al lector para transmitirle su mensaje, esta vez se vale de una prosa bien elaborada y de una sencillez engañosa que engancha sin necesidad de recurrir a sensacionalismos, con unos personajes que calan hondo con su profunda autenticidad personal sin necesidad de ser simpáticos o amables, ni tan siquiera atractivos. Michel Houellebecq no se ha reconciliado ni con el ser humano ni con la sociedad en la que vive, pero puede ser que se haya reconciliado consigo mismo.

sábado, 30 de julio de 2011

La extraordinaria naturaleza de Sam Finkler, Howard Jacobson


A los 68 años, Howard Jacobson ha sido “descubierto” por el mundo literario al recibir el premio Booker por su novela The Finkler Question, título absurda y abominablemente traducido al español como La extraordinaria naturaleza de Sam Finkler. Esto le ha servido para pasar a la historia del Booker como su ganador de edad más avanzada, un premio que el autor ya había renunciado a ganar alguna vez y que en 2001 calificó de “una abomación absoluta, los mismos horribles libros año tras año”.

Howard Jacobson ahora reconoce que estas declaraciones nacieron de la amargura de no conseguir siquiera que la gente leyera sus libros, esperemos que el premio recibido y las traducciones de esta y otras novelas suyas sí que consigan ampliar el número de lectores de este magnífico autor al que yo misma acabo de descubrir con esta novela La trama se centra en tres personajes entrañables, complejos e inolvidables: Julian Treslove, antiguo productor radiofónico de la BBC (emisora por la que siente una profunda aversión) y actual figura indefinida que se gana la vida haciendo de doble de cualquier famoso que le propongan personificar. Su amigo de la infancia Sam Finkler, el único judío de Treslove conoció durante muchos años (lo que le llevó a identificar los términos “Finkler” y “judío”) que ha llegado a ser una figura mediática como filósofo popular, y autor de libros de autoayuda filosófica con títulos como El pequeño libro del estoicismo doméstico en un guiño satírico a los libros del conocido filósofo británico Alain De Botton. Y el antiguo profesor de ambos Libor Sevcik, judío nonagenario de origen checo y de la vieja escuela que al igual que Finkler acaba de enviudar. Esta es la circunstancia que reunirá de nuevo a los tres personajes y que pondrá en marcha una serie de acontecimientos que constituyen el eje narrativo de la novela, y que forman la base de las reflexiones sobre la “cuestión Finkler” que se llevan a cabo en ella.

Esta “cuestión Finkler” a la que se refiere el título original no es otra que la cuestión judía, qué supone ser judío en el mundo contemporáneo después del Holocausto y de Israel y del sionismo. Howard Jacobson es judío, pero ante todo es británico, y va a enfocar esta cuestión con toda la sutileza, la ironía y el fino humor que caracteriza a los mejores escritores ingleses sin que pierdan por ello un ápice de seriedad o de profundidad humana. A diferencia de los escritores norteamericanos, para quienes solamente hay una manera posible de ser judío y es la suya, Jacobson descubre que ser judío no es más que una de las diferentes maneras posibles de tener una identidad como ser humano, y que cada persona va a construir esa identidad a su manera y según sus propias circunstancias y carácter. Pero pertenecer a un determinado grupo puede ser una fuente de reconocimiento mutuo muy importante para sus miembros, y es algo de lo que no se puede renegar sin renegar de uno mismo. Saber explicar esto de manera amena y entrañable ha sido la gran hazaña de Howard Jacobson en este libro, consiguiendo además que el premio Booker de este año sea un libro completamente diferente y muy por encima del nivel habitual.

jueves, 21 de julio de 2011

Crímenes de sol y playa

Ayer leí un artículo de Rik Torfs, doctor en filosofía y figura mediática omnipresente por estas latitudes, que comentaba el asombro que le produce en verano el ver el panorama de tanta belleza femenina bronceada extendida sobre la arena de la playa; no por la belleza femenina en sí, que le asombra todo el año, sino por los libros que leen: todas sin excepción novelas de crímenes y de intriga, habiendo como hay tantos volúmenes de poesía mucho más apropiados para ser leídos a la orilla del mar. Confieso ser parte integrante de este grupo de féminas, si no por la belleza y el bronceado sí por mis lecturas veraniegas. Nada como compartir hamaca y parasol con psicópatas y asesinos durante unas vacaciones familiares, Faulkner y Joyce se dejan leer mejor en sillón de orejas y bajo la luz eléctrica.

Este año he tenido el placer de trabar conocimiento con Janet Evanovich, una autora estadounidense que escribe novelas de fórmula de manera consciente y explícita. Sabe lo que el lector espera de sus libros y se lo da en las dosis adecuadas en el momento oportuno, cuidándose bien de no quemar sus naves y guardarse bastantes triunfos en la manga que le aseguren la venta de la próxima entrega de la serie. Janet Evanovich ha dado vida a unos personajes que le pueden dar mucho juego: la cazadora de recompensas Stephanie Plum, que viene acompañada de una extensa red de familiares, conocidos y vecinos, además de su casi novio y poli canallita Joe Morelli y de su peligroso y atractivo admirador y compañero de faenas Ranger. Y con todo ello proporciona al lector unas novelas sin pretensiones pero altamente disfrutables, un producto bien hecho y fabricado según las reglas del género con la adición de buenas dosis de humor y la inversión de los papeles tradicionales del hombre y la mujer en la novela negra más clásica. En los libros de Janet Evanovich, las chicas son guerreras y los tipos duros no lo tienen fácil para mantener el nivel a su lado. La preocupación de Rik Torfs no es tan filosófica como pudiera parecer a primera vista.

sábado, 16 de julio de 2011

Fiebre en las gradas, Nick Hornby

Un buen libro que peca de excesivo. Muy buenos los análisis personales y sociales que Hornby lleva a cabo tomando como hilo conductor los partidos del Arsenal y su relación con el club como fan impenitente, pero se extiende demasiado en detalles inútiles y repetitivos y por momentos llega a aburrir, algo insólito en los libros de este autor. Pero estos fallos se deben más a un exceso de entusiasmo por el tema futbolero que a una falta de maestría narrativa, y resultan por ello tolerables si no perdonables.

Es este mismo entusiasmo, y la enorme humanidad de la que suele hacer gala Nick Hornby en sus libros (nada humano le es ajeno, ni para bien ni para mal) lo que convierte a un libro supuestamente sobre fútbol en una novela que más allá del deporte cuenta las peripecias de un chico sin atributos especiales de un pueblo anodino de las afueras de Londres que lucha por crearse una identidad propia y por encontrar su lugar en el mundo. No lo recomiendo, pero me ha gustado a pesar de todo.

jueves, 23 de junio de 2011

La importancia de llamarse Fred Vargas

Mi descubrimiento de este verano ha sido la autora francesa Fred Vargas y sus tres primeras novelas policíacas: El hombre de los círculos azules, El hombre del revés y Huye rápido, vete lejos, que me he leído seguidas y del tirón. El comisario Jean Baptiste Adamsberg es un personaje desconcertante e impenetrable que no sabe decir otra cosa que "no lo sé" y que atrapa a los asesinos por puro instinto y a base de indirectas. Como todo detective literario que se precie es un personaje carismático y con un carácter muy particular, con un par de manías personales que lo distinguen y lo separan del resto de sus compañeros de trabajo y cuyos jefes no siempre aprecian sus modos alternativos de resolver los casos. Nada nuevo bajo el sol en este sentido.

¿Qué hace entonces tan especial la lectura de estas novelas? Lo primero de todo, que la autora sabe escribir y sabe dotar también a sus personajes de un perfil muy personal y distintivo, sin olvidarse de la importancia de todo un elenco de caracteres secundarios que le servirán para crear un ambiente muy peculiare ir dibujando una trama que será como mínimo inusual. Y el comisario Adamsberg tiene mucho del famoso detective televisivo Colombo: igual de descuidado en su aspecto físico y de observador en sus deducciones, fijándose en las cosas en las que nadie se fija llegará a las conclusiones más peregrinas que sin embargo finalmente acabarán siendo las correctas. Pero mientras Colombo era escrupulosamente fiel a su señora y su cacatúa, Adamsberg es incapaz de mantener una relación monógama con su muy amada Camille. Aunque bajito y flaco, el comisario emana un encanto irresistible para todas las féminas que se cruzan por su camino, y él por delicadeza no sabe decirles que no, un rasgo este muy mediterráneo dentro de un género novelístico dominado por los escritores anglosajones y escandinavos. A Wallander, Dalgliesh o incluso Brunetti sus progenitores intelectuales nunca los dejarán pasar por tales aprietos, hay que remontarse casi a Pepe Carvalho para encontrar tanta actividad amorosa entre deducción y deducción detectivesca.

Al parecer la autora eligió este apellido para su pseudónimo, al igual que su hermana pintora, como homenaje a la protagonista de la película La condesa descalza. No sé si era consciente cuando hizo esta elección que sus libros irían a parar justo delante de las obras de Mario Vargas Llosa, una mezcla que no deja de tener su punto de encanto cuando veo sus obras en la biblioteca, bien etonées de se trouver ensemble. O al menos esa es la impresión que dan.

viernes, 17 de junio de 2011

Todo lo que se llevó el diablo, Javier Pérez Andújar



Al Greco, si te fijas, le pasa como le ha ocurrido a don Antonio Machado, es el hombre ultramoderno que se extasía ante la España vieja.

Pero además pensó que un poco de eso también le ocurría a él

(página 213)


Pérez Andújar se ha quedado extasiado ante las historias de las Misiones Pedagógicas Republicanas, que tenían como objetivo fomentar la cultura y la educación en los pueblos más remotos de la España profunda, y ha querido hacerles un homenaje en este libro. Un propósito muy acertado, porque el tema se lo merece y además cuenta con buenos personajes para ilustrarla, aunque el name dropping de la flor y nata de la intelectualidad española de los años 30 llega a cansar un poco, lo mismo que los improbables cameos de los famosos que van apareciendo en la trama. Pero el mayor problema es que Pérez Andújar también es un ultramoderno, y esto al parecer le obliga a deconstruir la historia antes de poder empezar a contarla. Un grave error, en mi opinión, porque la historia de estos maestros idealistas enfrentados a las peores fuerzas de la naturaleza y del ser humano lo que pide a gritos es una forma narrativa tradicional de romance o de fábula, dejando desde el principio constancia de las fuentes orales y escritas (las cintas del dibujante, el diario del maestro) que la han salvaguardado hasta llegar a las manos del lector actual, en lugar de dejar estos hallazgos para el final, cuando ya poco importa.

Una estructura lineal le habría sentado a esta historia mucho mejor que todas estas galas modernas y caóticas que la afean y la devalúan. Para mi gusto se trata de una novela muy bien escrita pero muy mal contada y aún peor dialogada, la prueba de que un buen escritor con una buen historia no va a dar necesariamente como resultado un buen libro. Lo que sí ha conseguido este buen escritor es ganarse una nueva lectora, porque el libro no me ha gustado pero su autor sí, y mucho. No será este el último libro suyo que me lea.

sábado, 11 de junio de 2011

El Gran Gatsby

Acabo de leerme El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, y tenía pensado escribir una entrada en el blog explicando por qué el libro no me ha terminado de convencer. Pero nada tengo que añadir a lo que alguien que escribe bastante mejor que yo dijo al respecto hace ya un tiempo, así que le cedo la palabra al escritor peruano Fernando González Nohra en el estupendo artículo que publicó en el blog literario Escrito para: El Gran Gatsby

sábado, 4 de junio de 2011

Sputnik, mi amor, Haruki Murakami


Hay diferentes maneras posibles de leer una novela de Murakami. Puedes leerla de forma literal, con el riesgo de aburrirte profundamente porque sus temas se repiten hasta la saciedad: el narrador masculino en primera persona conoce a chica rarita, a veces un múltiplo de ellas, y este conocimiento le acabará llevando tarde o temprano a una realidad paralela a la que entrará o no, y en la que quedará atrapado o de la que podrá escapar. También es posible enfrentarse a sus libros en modo decodificador, buscando sentidos ocultos en cada suceso, en cada luna, en cada gato y en cada cuervo que aparezca. Pero me parece que la mejor manera de disfrutar de sus libros es un estadio intermedio entre ambos extremos, el propio narrador de sus novelas suele explicarle a la chica de turno en un momento dado de la obra qué es una metáfora y por qué nos servimos de símbolos, frases hechas y comparaciones al hablar: porque hay cosas que no se pueden explicar con las palabras de cada día, que escapan a la lógica del lenguaje y necesitan ser captadas con la sensibilidad y no con los sentidos.

En esta novela la metáfora central es el Sputnik, el satélite artifical que gira alrededor de la Tierra en completo aislamiento. En algún momento su órbita se podrá cruzar con la de otro Sputnik que pase por allí, pero no dejará de ser un fenómeno pasajero y ambos satélites tendrán que continuar sus vueltas solitarias alrededor del planeta hasta que finalmente acaben estrellándose en la atmósfera cuando termine su periodo de funcionamiento. La incomunicación, la imposibilidad de llegar a conectar con los demás, el mundo externo como una amenaza, son los temas que irán surgiendo de forma velada o explícita a partir del triángulo amoroso que forman los protagonistas de la novela: chico está enamorado de chica, chica está enamorada de señora casada. Un planteamiento bastante claro de un argumento que también avanza sin virajes bruscos ni saltos temporales, hasta llegar a un final inconclusivo y extraño que deja al lector con la impresión de no haber entendido nada de lo leído. O tal vez sea que realmente no hay nada que entender fuera de la metáfora central de la obra, y es cierto que algunas historias se acaban sin haber tenido realmente un final. Muy buen libro, en cualquier caso, para quien se conforme con las sensaciones derivadas de la lectura y no necesite más conclusión que un punto al final de la última frase.

sábado, 28 de mayo de 2011

Noviembre sin violetas, Lorenzo Silva


En realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás.
Las sabias palabras con las que Julio Cortázar abre el capítulo 21 de Rayuela pueden ser una explicación de por qué tras haberlo tenido olvidado durante quince años he rescatado de la estantería para releerlo mi viejo volumen de Noviembre sin violetas de Lorenzo Silva. Una novela de ambiente melancólico releída en primavera bajo el signo de la nostalgia, el riesgo era grande pero el libro ha logrado salir airoso de la prueba del tiempo y la memoria.

Sin duda ahora puedo ver mejor que quince años atrás lo mucho que hay de pose en la desesperación vital de Juan, el protagonista de este relato negro de crímenes y venganzas en un Madrid otoñal. Y los excesos estilísticos del escritor novel pueden causar cierto rubor retrospectivo al autor ya consagrado. Pero es una novela escrita con gusto y con ganas por alguien que después ha tenido amplia ocasión de demostrar su valía sin renunciar a ser consecuente consigo mismo y con su obra. Y eso es uno de los mayores cumplidos que se le pueden hacer a una persona y a un escritor tras más de quince años de carrera.

Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida,
continúa Cortázar. Lorenzo Silva, que tiene exactamente la misma edad que yo, empezó a publicar sus libros cuando yo había decidido convertirme en lectora vocacional. Entonces lo leí y me gustó estrepitosamente, ahora lo releo, sonrío y veo que el viejo amor sigue intacto a pesar de todo.
Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer (¿me hapasiona, dije?), y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro.
Tal que así.

domingo, 22 de mayo de 2011

Leo libros que no entiendo más que yo


Aunque la exclusividad lectora no es lo mío, estas últimas semanas me las he arreglado para leer libros que por razones lingüístico-geográficas todavía no se ha leído nadie. Por eso no es de extrañar que mi post sobre el libro tercero de 1q84 de Murakami tan solo me hayan valido el consejo de que abandone las reseñas de libros para dedicarme al encaje de bolillos, tan típico de estas tierras herejes. Pero como mi blog es mío y escribo en él lo que yo quiero, seguiré monologando sobre libros que no leo más que yo aún a riesgo de quedarme sin los pocos lectores que tengo.

Después de ser la primera española (o casi) en terminarse la trilogía 1q84, he sido la primera española, sin casi esta vez, en leerse Zomerhuis met zwembad de Herman Koch. Se trata del último libro del autor, y me ha gustado más que La cena: igual de retorcido y provocativo, pero mucho menos evidente y bastante más insidioso, mejor dosificado y también mejor escrito. Hay que hacer abstracción de algunas incongruencias argumentales, sobre todo hacia el final de la novela, pero así y todo merece mucho la pena. Igual algún día lo traducen al español, aunque para entonces dudo que nadie se acuerde todavía de este post.

Pero sigamos monologando. La verdadera joya de mis últimas lecturas ha sido The Broom of the System, la primera novela que publicó David Foster Wallace y que incomprensiblemente todavía no ha sido traducida al español. Un libro disparatado pero divertido y muy accesible para el lector dispuesto a dejar a un lado la lógica y a aceptar la historia tal como se la cuentan, con una cacatúa parlante llamada Vlad the Impaler que vive en una ciudad construida para que desde el aire sea la representación perfecta de la figura de una actriz, lo que provoca que sus habitantes (ignorantes de tal característica de su ciudad) sufran las continuas molestias de los aviones que sobrevuelan a baja altura para apreciar con todo detalle tan sugerentes formas urbanas. Sin olvidarnos por supuesto del desierto que mandaron construir para uso y disfrute de estos mismos habitantes, conocido como “the G.O.D.” es decir “the Great Ohio Desert”. Y todavía no he dicho nada de la protagonista, su familia, su jefe y su psicólogo. En esta novela Foster Wallace se revela todavía demasiado deudor de sus maestros narrativos e intenta con excesivo empeño ser el escritor más postmoderno de su generación: pero esos pecados de intelectual incipiente no pueden ocultar un talento narrativo que rebosa y se desborda en las mejores páginas, y que hace lamentar una vez más que la vida le resultara tan insufrible que decidiera abandonarla de manera tan prematura, dejándonos huérfanos de todos los libros que podría haber llegado a escribir.

También me estoy leyendo a ratos los relatos de Kafka, pero no creo que vaya a comentar nada al respecto. O igual sí. Ya veremos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

1q84 libro 3, Haruki Murakami


Después de leer los libros 1 y 2 de esta trilogía no esperaba gran cosa de la entrega final de la obra. Tal vez ha sido esta falta total de expectativas lo que me ha hecho disfrutar tanto del Murakami maduro, irónico y de una profunda humanidad que se revela en este libro. Los dos primeros pecaban para mi gusto de un exceso de formalismo genérico que encajaba al autor en un esquema demasiado estricto y que echaba a perder sus mejores talentos, dando como resultado una novela de fórmula que no terminaba de dar la talla ni de convencer. Pero para este libro tercero Murakami parece haberse desprendido de todos esos escrúpulos formales y argumentales. La acción se limita a las últimas 50 páginas, en las 400 primeras básicamente no ocurre nada aparte de la narración alternativa de las vivencias de tres personajes encerrados en sus propias circunstancias de desarraigo y unidos por una soledad tan fundamental que va mucho más allá de una simple falta de compañía.
Quien esté familiarizado con las teorías de Carl Jung podrá al parecer identificar el patrón filosófico en el que Murakami se ha basado para crear su mundo paralelo y las extrañas conexiones entre sus personajes. Los que en cambio sufrimos de una ignorancia profunda en la mayoría de los terrenos intelectuales, como es mi caso, podremos sin embargo reconocer unas emociones, aspiraciones, ilusiones, esperanzas y frustraciones que son humanas y universales y no requieren explicación alguna en nota a pie de página.
Se trata en suma de un libro estupendo y diferente, cuya única pega es que hay que leerse los dos anteriores para poder acceder a él. Pero casi me atrevo a afirmar que merece la pena el esfuerzo.