domingo, 21 de noviembre de 2010

La epopeya del bebedor de agua, John Irving

Her gynaecologist recommended him to me. Ironic: the best urologist in New York is French. Dr Jean Claude Vigneron: ONLY BY APPOINTMENT. So I made one.

Hace ya tiempo, cuando era mucho más joven, me leí todos los libros que John Irving había publicado hasta la fecha. Tras esa lectura maratoniana, me quedé con la impresión de que Doble pareja y La epopeya del bebedor de agua eran dos novelas bastante flojas del autor y también de temática bastante similar, sobre problemas de pareja y de adaptación a la vida adulta, chicas grandes con grandes pechos y la ciudad de Viena como paraíso perdido que nunca existió. Los años me han traído la relectura de estas dos novelas y un juicio muy diferente sobre ellas, Doble pareja me pareció aún más floja que en su primera lectura pero La epopeya del bebedor de agua se me ha revelado como una novela realmente inolvidable.

Uno de los triunfos de Irving como novelista es su perfecto dominio de las estructuras narrativas más complejas. Sus novelas son fragmentarias, con saltos adelante y atrás en el tiempo, con personajes que van y vienen y cuyo auténtico rostro no se nos va a revelar hasta bien avanzada la trama. Y a pesar de todo esto son de fácil lectura, el lector nunca se va a perder en la maraña argumental porque el sendero está perfectamente delimitado. En La epopeya del bebedor de agua, esta manera de contar la historia es fundamental en la narración, porque la realidad del protagonista se nos va a ir revelando poco a poco a medida que vamos conociendo su pasado y su realidad actual, qué le ha llevado al estado en el que se encuentra y por qué dejó todo lo que fue dejando por el camino. El protagonista es un hombre de vida muy poco ejemplar, pero toda la novela destila un clima de ternura, comprensión y empatía tan grandes que no queda más remedio que acabar sintiendo simpatía por él.

Un autor menos dotado podría haber terminado cayendo en el melodrama rosa, pero John Irving tiene un estilo y una voz narrativa tan personales y por momentos tan extremos que le impedirán caer en etiquetas fáciles. El resultado es una novela que todo el mundo se puede leer con gusto, un gran libro al alcance de todos los públicos y también un buen libro para lectores experimentados que quieren iniciarse en la lectura en inglés.

viernes, 12 de noviembre de 2010

1q84, Haruki Murakami


La última obra de Haruki Murakami, 1q84, es una trilogía que al parecer está arrasando en ventas en Japón. La versión inglesa aún no ha salido al mercado, y mucho menos la española, pero por esas cosas de la vida que una no se explica sí que han traducido ya al neerlandés los dos primeros libros, y el tercero saldrá en la primavera de 2011.

Por muy inverosímil que parezca, después de leer el primer libro tengo la impresión de que Murakami ha querido escribir con esta trilogía la versión japonesa de Los hombres que no amaban a las mujeres, aderezada con una reinterpretación onírica de 1984 de George Orwell. Los capítulos van alternando las historias de los dos protagonistas (nombrando en el título de cada capítulo al personaje correspondiente, para que el lector no se pierda): Tengo, profesor de matemáticas y escritor en sus ratos libres, y Aomame, monitora de gimnasio y asesina por encargo. La narración es sorprendentemente lineal y casi podría decir racional, y los pocos fenómenos extraños que aparecen vienen provistos de una amplia explicación sobre lo extraños que son estos fenómenos. La trilogía parece pues haber sido expresamente concebida con el objetivo de posicionarla en el mercado de best sellers.

De todas formas, tengo mis serias dudas sobre si el lector de best sellers no se va a aburrir soberanamente con esta obra, las cosas que realmente pasan en esta primera entrega de la trilogía se podrían resumir en un par de líneas. El libro es más bien un enorme prólogo introductorio de la situación y los personajes, que se va desplegando con una enorme lentitud que no carece en absoluto de encanto, pero que no creo que llegue a enganchar a lectores acostumbrados a otro tipo de obras de consumo rápido. A esta lectora omnívora el libro le ha parecido elegante y entretenido, pero de una insoportable ligereza debida quizás al empeño del autor en ofrecer a los lectores una obra a la que no sea necesario hincarle el diente porque ya viene lista para ser engullida.

Alguien me dijo hace poco que cuando yo comento un libro, es como si bajara a la arena y el libro fuera un león al que tengo que vencer y matar, o darme por vencida y dejar que me devore. En esta ocasión el combate ha terminado provisionalmente en tablas, aunque a la espera de una segunda ronda el león tendrá que echar mejores dientes si quiere poder hincarlos en estas carnes lectoras.

domingo, 7 de noviembre de 2010

La broma infinita, David Foster Wallace (y II)


El escritor americano Jonathan Franzen dijo hace poco en una entrevista que le gusta leer historias que le cuenten cosas sobre sí mismo, cosas que sabe que son ciertas pero que aún no había sabido expresar. Y que por eso se siente mucho menos solo leyendo un buen libro que conectado electrónicamente a otras personas que reaccionen con un “me gusta” a su mensaje anterior. Después de leer este libro tengo que darle toda la razón, La broma infinita ha sido una lectura compulsiva y absorbente que ha sabido ofrecer compañía y consuelo cuando andaba bastante falta de ellos.

La broma de la que habla el título es una broma bien macabra, la crueldad innata de toda relación entre seres humanos que se basa fundamentalmente en hacer sufrir a los otros, de manera activa o por pura desidia, con maldad o con un exceso de bondad, por no prestarles la atención que necesitan o por ahogarlos en un exceso de atenciones. Sufrimos si nos relacionamos y sufrimos si estamos solos, y todos los medios que usamos para mitigar ese sufrimiento (alcohol, drogas, entretenimiento, deporte, aficiones) van a acabar perdiendo su poder y sumiéndonos en un infierno aún peor que aquel del que intentamos huir. Todo esto lo cuenta David Foster Wallace sin acritud, sin moralizar, sin un ápice de autocompasión: las cosas son como son, para todo el mundo, y no hay nada que hacer al respecto. El autor habla sobre las peores miserias humanas con la distancia y el desapego de quien ya lo ha vivido todo en sus propias carnes y ha perdido toda esperanza de redención: no es pesimismo, es resignación ante lo inevitable.

Finalmente he conseguido terminar el libro antes de que el libro terminara conmigo. Pero ha sido por los pelos.