sábado, 28 de agosto de 2010

Bilbao-New York-Bilbao, Kirmen Uribe


En Bilbao-New York-Bilbao escribe Kirmen Uribe lo siguiente sobre el proceso de gestación de su novela:

La idea había tomado cuerpo, y al final se estructuraría en torno a un vuelo entre Bilbao y Nueva York. El reto consistía en hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del siglo XIX. […] pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan a la hora de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela. Tan solo el lector podría intuirla, como intuye el espectador el retrato de los reyes que pinta Velázquez en las Meninas.

Por suerte yo no sabía nada de esto cuando compré el libro, porque en tal caso no creo que lo hubiera comprado. Me gusta muchísimo la literatura de vanguardia, la novela experimental. Pero no me gusta esa moda actual de romper cada novela que se escribe, de “deconstruir” la novela en unidades moleculares sin olor, color o sabor alguno a literatura. Por fortuna, eso no ocurre en esta novela, que resulta sorprendentemente amena y fácil de leer. El autor no renuncia a contar su historia, a lo que renuncia es a la narración lineal con principio y fin porque la suya es una historia que no empieza ni acaba nunca. Es la historia de sus abuelos, de sus padres, y de él mismo, la historia que continuará con su hijo y que en realidad es una historia de mucha gente de diferentes países y de distintas lenguas, aunque su núcleo se sitúe en el pueblo de Ondarroa y su idioma sea indiscutiblemente el euskera.

Uribe ha tenido el gran acierto de saber ver todo lo que de universal hay en las historias más locales de su famila. Esta saga familiar ejemplifica cómo ni las señas de identidad ni la ideología de cada uno tienen que impedir el entendimiento entre las personas cuando este se basa en el respeto mutuo, porque como bien le decía al autor su tía Maritxu: una cosa son las ideas y otra el corazón.

lunes, 23 de agosto de 2010

Se está haciendo cada vez más tarde, Antonio Tabucchi


Este libro no es fácil de leer, porque más que un libro es un estado de ánimo. En esta recopilación de cartas sin fecha que unos hombres escriben a las mujeres que amaron y perdieron (algunos sin haber llegado siquiera a conseguirlas) domina una melancolía agridulce por las cosas pasadas, o las cosas que podrían haber pasado si. Pero esta melancolía no es sinónimo de tristeza, las cartas están llenas de olores, colores y sabores, de sensaciones, de música y de paisajes, de referencias literarias y de vulgarismos populares. Rebosan de una vitalidad que convive con la resignación de que la vida pasa y se nos escapa lo mejor de ella sin que siquiera lleguemos a darnos cuenta. Las cartas hablan de historias de amor y desamor que tal vez al final resulten ser la misma historia en diferentes lugares y bajo nombres distintos. O tal vez no.

Dice el autor en la nota final del libro:
A veces puede ocurrir que nos escribamos a nosotros mismos. Y no estoy hablando de ficciones, a menudo sublimes, de las que fueron capaces algunos escritores del pasado; digo cartas de verdad con su sello y su matasellos. A veces ocurre que se escribe a los muertos. No sucede todos los días, lo admito, pero puede suceder. Y podría ser que los muertos nos hayan contestado, en una determinada forma que sólo ellos saben. Pero lo que más inquieta y roe como una carcoma testaruda metida en una vieja mesa imposible de hacer callar salvo con un veneno que nos envenenaría a nosotros también, es la carta que nunca hemos escrito. «Esa» carta. Esa que todos nosotros hemos pensado siempre en escribir, en ciertas noches de insomnio, y que siempre hemos aplazado para el día siguiente.

sábado, 21 de agosto de 2010

La Orden del Finnegans


¿Qué es lo que tienen los hombres con los clubs? Me refiero a ese espíritu corporativista tan particularmente masculino que les lleva a agruparse bajo un equipo, una marca de coche o de cerveza, un determinado estilo de música o una cofradía de Semana Santa: cualquier excusa es buena para aliarse con espíritus afines y distanciarse así de “los otros”, los de fuera, los que no pertenecen a tan selecta congregación.

La Orden de los Finnegans es un miniclub exclusivo y excluyente de seis escritores (hasta la fecha) unidos por su admiración hacia el Ulises de James Joyce, que se reune cada 16 de junio en Dublín para celebrar el Bloomsday y supuestamente rendir homenaje a esta novela de Joyce, aunque sospecho que los principales homenajeados son ellos mismos. Este libro fue una tarea que se autoimpusieron en su última reunión en el Finnegans que les da nombre, y que resultó no ser la novela de Joyce sino un pub irlandés. El libro resultante es tan variable como la calidad de los autores que han intervenido en su producción, pero el balance final no está nada mal para un libro de tan escasas páginas y en mi caso incluso regalado.

Leer este libro me ha enseñado que la escritura de Enrique Vila-Matas es como uno de esos tests de agudeza visual, donde lo que para unos es una masa informe de puntos para otros forma una figura de singular belleza, y la diferencia radica en cómo se mira. También me ha confirmado que José Antonio Garriga Vela es un peazo de escritor, así con todas las letras. Y se me ha despertado una curiosidad casi malsana por la obra de Jordi Soler, autor totalmente desconocido para mí hasta la fecha. Y sobre las fobias literarias personales que se me han confirmado con esta lectura prefiero guardar silencio, para no romper el tono amable y cordial de esta entrada.

jueves, 19 de agosto de 2010

The Crow Road, Iain Banks


Este ha sido una de mis lecturas más gratificantes de este verano. Un libro que combina una saga familiar escocesa de finales del siglo XX con enormes dosis de humor e ironía, mucha música de los 80, una ligera trama detectivesca y una especie de historia de amor. Y mientras tanto vamos asistiendo a cómo Prentice McHoan, un estudiante de Historia de 20 años que no termina de encontrar su sitio en la vida ni en su familia, deja de ser un niñato insoportable y se convierte por fin en un hombre.

Un libro que emociona, entretiene, intriga, divierte y denuncia, y un libro que recomendaría encarecidamente a todo el mundo si no fuera por el hecho de que a ninguna editorial se le ha ocurrido todavía la feliz idea de traducirlo al español. Como diría el propio Prentice: what a crying shame!

martes, 17 de agosto de 2010

Los libros del instituto


De visita en Málaga hace unos meses, fui de librerías como de costumbre con mi amiga MCC, quien comentó al ver la lista de obras de teatro del Siglo de Oro que estaba buscando: “¡Te estás comprando todos los libros del instituto!”. Se refería naturalmente al instituto de nuestros tiempos, el de los años ochenta del pasado siglo, cuando los profesores todavía podían imponer lecturas clásicas a sus alumnos sin que los padres los llevaran ante el Tribunal de La Haya. Y nosotros los jóvenes de entonces nos leíamos esos libros con mucho, poco o nada de gusto, pero no nos traumatizábamos por ello. La verdad es que fuimos una generación muy poco traumatizable por la cuenta que nos traía.

Volver ahora al teatro del siglo XVII sirve para poner en perspectiva estas obras y acabar con muchos de los prejuicios que tenemos sobre ellas, y uno de los prejuicios más persistentes es pensar que la tragedia es un género superior a la comedia. Los dramas históricos y de honor serian las obras cumbre de Lope, Calderón y Tirso, mientras que sus comedias serían meros productos de entretenimiento. Pero lo cierto es que muchos de sus dramas más celebrados eran obras de encargo, propagandísticas, destinadas a enaltecer a la monarquía o a miembros de la nobleza por medio de la recreación subjetiva de determinados sucesos históricos, como ocurre en Fuenteovejuna de Lope de Vega. O como en el caso de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, estos dramas tenían una misión moralizadora como vehículo de valores como el respeto a la autoridad paterna, monárquica y divina.

En las comedias, en cambio, los autores se veían libres de las trabas impuestas por las estrictas normas sociales del Siglo de Oro. Al ser un género “menor”, no importaba que las mujeres tuvieran un papel activo en la trama, que las normas del honor se vieran restablecidas mediante engaños, o que la autoridad fuera burlada sin castigo alguno. Las comedias podían a llegar a ser obras realmente subversivas, que se atrevían a poner de manifiesto impunemente los peores defectos de la sociedad de su momento. Un buen ejemplo de ello es La dama duende de Calderón de la Barca, donde se critican las creencias supersticiosas del pueblo, pero que también plasma la situación de la mujer viuda en el XVII, condenada a un luto riguroso y a un encierro de años muchas veces en plena juventud. Llama la atención en estas comedias el carácter tan activo, inteligente y asertivo que tenían las figuras femeninas, mientras que en la sociedad estaban condenadas a un férreo dominio por parte de padres, hermanos y esposos. Por suerte tal domino parece no haber sido suficiente para acabar con el carácter bravío de nuestras tatarabuelas de antaño.

sábado, 14 de agosto de 2010

Austerlitz, W.G. Sebald


Un primer intento de lectura de este libro lo hice en neerlandés, que es un idioma muy próximo al alemán del original, pero que justamente por ello le daba a la obra un carácter tan germánico que tuve que abandonar esta lectura apenas empezada, no podía con ella. Sin embargo, al darle una segunda oportunidad al libro en español, la diferencia ha sido brutal. No sé si es que me ha pillado en mejor momento lector o si el idioma realmente influye tanto, pero lo que en la anterior lectura me resultaba pesado y farragoso, ahora ha sido de una ligereza encantadora. Se ve que cada libro tiene su momento, su lugar, e incluso su idioma.

Todo lo que se narra en casi trescientas páginas de texto y fotografías queda resumido en esta tremenda afirmación del protagonista:
En algún momento del pasado, pensé, he cometido un error y ahora estoy en una vida falsa.

Jacques Austerlitz siente un desarraigo total y absoluto hacia el mundo en el que vive y hacia sus semejantes. Pero aunque densa, no es esta una novela dramática ni Austerlitz es un personaje maldito o atormentado. Su sufrimiento es un dolor extremadamente culto y elegante, mucho más británico que germánico en realidad. El protagonista no nos cuenta su vida, sino sus opiniones y reflexiones sobre los sucesos que le han ocurrido a lo largo de su vida. Esta novela es una autobiografía subjetiva, comentada e ilustrada, bastante fragmentaria e incompleta pero de una lacerante sinceridad humana.

Austerlitz es una novela más melancólica que deprimente o confrontante, por muy duros que sean los pasajes en los que se narra la suerte que corrieron los judíos de Praga tras la invasiópn nazi. El mundo al que pertenecía Jacques Austerlitz, el mundo en el que se sentía integrado, se perdió para siempre durante la guerra, y todos sus intentos de recuperarlo por medio de recuerdos, fotografías e investigaciones bibliotecarias van a ser inútiles, tan inútiles como serán sus intentos de encontrar su lugar en este nuevo mundo que ya no es el suyo.

Me alegro mucho de haberle dado una segunda oportunidad a este libro.

martes, 10 de agosto de 2010

París no se acaba nunca, Enrique Vila-Matas


Una de mis manías que llega a rozar la rareza es la de buscar libros con el nombre de la ciudad que voy a visitar para llevarlos como lectura de viaje a ese lugar. La acción no tiene por qué transcurrir en ese lugar, a Amsterdam me llevé Amsterdam de Ian McEwan en el que la ciudad solamente aparece de pasada en las escenas finales del libro. El único requisito es que el nombre del lugar aparezca en el título. Esta fue la razón fundamental que me hizo elegir París no se acaba nunca como lectura para mi viaje a París, sin sospechar que un libro elegido de forma tan inconsciente iba a desencadenar unas reacciones tan intensas.

Mi relación con Vila-Matas ha sido hasta ahora ambigua. He leído varios libros suyos, unos me han gustado más que otros, pero no conseguía entender la idolatría que este autor despierta en sus seguidores más fervientes. En sus peores momentos llegaba a resultarme repetitivo y cargante, alguien que ha tenido éxito con un truco narrativo determinado y lo repite hasta la saciedad. Mi actitud al empezar este libro era pues cuanto menos escéptica.

Pero esta vez los astros estaban en una conjunción propicia, o París le presta un aura especial a todo, o simplemente he tenido una hora tonta: no sé por qué habrá sido, pero esta lectura me ha revuelto el alma como muy pocas han conseguido hacerlo. Tal vez haya sido la identificación de los ambientes de la novela, el estar paseando estos días por los mismos escenarios que se describían en el libro. O quizás fue la ironía tan tierna con la que Vila-Matas se pone como modelo de las peores imposturas de la bohemia parisina de Saint-Germain-des-Prés, la pose y el elitismo que le movió en su juventud a querer vivir como sus modelos y que solamente le llevó a vivir en la pobreza y la precariedad.

No sé por qué motivo, esta vez el libro leído y la ciudad visitada se han compenetrado en una simbiosis perfecta. Terminé de leerlo en el Jardin de Luxembourg, rodeada de gente razonablemente normal que leía, escribía charlaba o dormía la siesta en las sillas que hay esparcidas por todos los parques de París. Era un domingo por la tarde, el sol brillaba pero no hacía demasiado calor, y durante un par de horas conseguí ser irracionalmente feliz. Creo que no se puede pedir más de un viaje, o de un libro.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Mentira, Enrique de Hériz


¿Por qué le damos tanto valor a la verdad? Si la verdad es dolorosa, ¿no es mejor creernos nuestras propias mentiras, formándonos una realidad personal que resulte más llevadera? La mentira como paliativo ante el dolor de vivir, ese es el tema central de esta novela. Y como es una novela y no un tratado filosófico o moral, estos postulados vienen de la mano de la historia que se nos cuenta, una madre antropóloga desaparecida en la jungla a la que se da por muerta, y una hija en proceso de duelo que se encarga de reconstruir la historia real o ficticia de la familia. Las narraciones en primera persona de estos dos personajes femeninos se van alternando para ofrecernos las dos caras de la misma historia: la una conoce las mentiras y se las calla, la otra anda en busca de la verdad pero no sabe qué va a hacer con ella cuando la encuentre.

Esta reconstrucción familiar a dos voces es un recurso narrativo muy acertado del autor, quien arriesga bastante al intentar recrear de manera verosímil dos conciencias femeninas tan dispares. Pero conforme avanza el libro las redundancias narrativas se vuelven excesivas, y hacia el final la historia se le va yendo de las manos al autor. Me parece que lo perdió la ambición, la trama llegó a un punto en el que el autor no supo ya cómo resolverla y acabó haciéndolo por la vía expedita. Es una novela llena de magia y realismo, de grandes historias y personajes cotidianos que conviven en una extraña armonía, y se la recomiendo a todo el mundo. Pero no es la gran novela que sí es Manual de la oscuridad, donde el autor no solamente cuenta una buena historia sino que además la cuenta muy bien. En Mentira, Enrique de Hériz no supo construir una novela a la altura de la gran historia que estaba contando. Una pena.