viernes, 24 de septiembre de 2010

Vidas poco ejemplares














Acabo de leer casi seguidas dos novelas de juventud y aprendizaje escritas por dos autores separados por el tiempo, la distancia, el estilo y la actitud vital. Curiosamente ambas novelas cuentan la misma historia de desarraigo del artista en ciernes hacia todo lo que le rodea, su familia, sus amigos, su patria. Pero es muy significativo el enfoque tan diferente que tienen estos autores a la hora de contar la misma historia.

En el Retrato del artista adolescente, con su personaje Stephan Dedalus James Joyce creó un alter ego de su juventud en Dublín, que le serviría para modelar literariamente sus difíciles primeros años de vida. La novela termina en el momento en que Stephen está a punto de empezar a vivir su propia vida en París. Después de no haber sido capaz de identificarse ni con una patria que vendió su idiosincrasia al invasor británico, ni con un idioma (el inglés) que considera extranjero y prestado, ni con una religión en la que pensó encontrar refugio pero a la que no fue capaz de someterse, se dispone a crear su propia raza fuera de su tierra y con la única compañía de su espíritu. Un final lleno de optimismo, de liberación de las cadenas del entorno por medio del arte.

Casi cien años después, J.M. Coetzee escribió en Juventud la historia de su salida de Sudáfrica a los veinte años para ir a escribir y a trabajar a Londres, huyendo de su familia y del régimen del apartheid a los que despreciaba por igual. El joven Coetzee ni ama ni admira a su país, se avergüenza de ser sudafricano y de que el afrikaans sea su auténtica lengua materna. Su máxima ambición es llegar a ser un artista literario, algo que está convencido que solamente podrá llegar a ser en una ciudad artística como Londres (o París, quizás Viena). Con la mirada penetrante y certera de un científico, el autor nos va diseccionando la vida, el trabajo y la fibra moral del joven John, sus incapacidades sociales y laborales, el fracaso de sus ambiciones literarias y amorosas. Y con un enorme desapego hacia lo que fue su vida, Coetzee va haciendo un análisis implacable del porqué de las deficiencias de su personalidad, llegando a conclusiones tan acertadas como demoledoras.

Si en la época de Joyce aún era posible el sueño de convertirse en artista en una ciudad como París, Coetzee echa por tierra la ilusión de que vivir en ciertas ciudades míticas del mundo sea la puerta de acceso a la condición artística. A esa misma conclusión también llegaron, cada uno a su manera, otros escritores contemporáneos como Vila-Matas en “París no se acaba nunca” y Julio Cortázar en “Rayuela”. Al joven artista de hoy parece no quedarle otra salida que permanecer en casa y escribir un blog, y eso es algo que no va a dar mucho de sí a la hora de escribir una buena novela de aprendizaje.

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