jueves, 21 de mayo de 2020

Cicatriz – Juan Gómez-Jurado


«yo me callé, convertí esas palabras en espinas largas y venenosas, y dejé que se quedasen dentro» (pg. 54).
Cicatriz es un libro capaz de hacer físicamente daño a quien lo lea. Juan Gómez-Jurado ha decidido ser mejor persona como escritor en sus últimas novelas, introduciendo en ellas mayores dosis de humor y relajación para compensar la dureza de algunos de sus pasajes, pero en este libro todavía escribió una historia sin cuartel. No solamente es que la trama corte la respiración, es que además el determinismo inquebrantable de los eventos acaba con el poco oxígeno respirable que quedaba entre las páginas.
Esta descripción de la novela parece invitar poco a abrir sus páginas, sin embargo es una vez más un libro de lectura compulsiva a la vez que desgarradora, de un sufrimiento paradójicamente satisfactorio por la justicia poética que emana de cada una de sus páginas. Los personajes son unos seres bastante poco atractivos en el mejor de los casos, que sin embargo despiertan una extraña empatía a través de sus historias muy poco ejemplares y profundamente humanas que contextualizan las acciones sin pretender dar justificación alguna. Este difícil equilibrio entre el desapego objetivo de la forma de narrar y la explosión emocional que provocan los hechos en quien los lee va a dejar al lector literalmente enganchado a las páginas, dejándose trozos de piel y uñas y algún cachito que otro del alma a medida que avanza la lectura de manera implacable, hasta llegar al final destrozado pero con ganas de más.



domingo, 17 de mayo de 2020

Los sabores perdidos - Raquel Martos


Los sabores perdidos es un libro muy bonito. Esta calificación puede sonar pobre o incluso condescendiente en medio de la inflación lingüística que vivimos, pero es el adjetivo que mejor se ajusta a la experiencia lectora de esta obra. Mezcla de novela coral de confesiones familiares y recetario emocional, el grupo de personajes que se reúnen durante dos días para cocinar, hablar, discutir, pelearse y alcanzar finalmente una catarsis vital presenta al lector una serie de vivencias y reflexiones que configuran un menú muy apetecible en estos tiempos de convulsiones emocionales. Los problemas que se plantean son importantes sin llegar a ser grandes melodramas, los personajes son variopintos sin caer en el estereotipo ni en la perfección modélica, y las recetas son interesantes y originales a la vez de dar la impresión de estar al alcance incluso de negados de la cocina como yo.

No es necesario sentir amor alguno por los fogones para disfrutar de este libro (doy fe de ello), ni tan siquiera hace falta ser un aficionado a la gastronomía. Más allá de las experiencias culinarias relatadas, esta obra apela a los que nos une como seres humanos a los demás y esto es fundamentalmente el poder compartir experiencias. Leerlo en estos momentos de aislamiento obligado en que los contactos personales se han convertido en algo indeseable y potencialmente peligroso tiene un efecto balsámico, porque nos hace recordar que la necesidad de conectar con los otros va a resultar indestructible ya que la llevamos en nuestro ADN emocional más primigenio. Lo dicho, un libro realmente bonito y lleno de luz para leer en tiempos oscuros.



jueves, 14 de mayo de 2020

Shutter Island – Dennis Lehane


Shutter Island es el nombre de la isla donde se sitúa el hospital Ashecliffe, una clínica penitenciaria para enfermos mentales a la que acude el agente federal Teddy Daniels con su nuevo compañero Chuck Aule para investigar el escape de la asesina Rachel Solando. Que detrás de este planteamiento de novela de género se esconda una de las historias sobre trauma, culpa y expiación más desgarradoras que he leído no sorprenderá a quien conozca la obra de este autor.
Porque Dennis Lehane es un auténtico mago de la pluma que por algún motivo se recrea en contar las historias de los seres más desgraciados, miserables y abandonados por la sociedad y la suerte, y las cuenta con un sentido épico y narrativo inigualables y una economía de medios realmente asombrosa. Lehane domina a la perfección todos los trucos del suspense y de la construcción narrativa de personajes y ambientes, pero además posee un talento sobrenatural para la creación, en el sentido más literal de la palabra, de espacios narrativos en los que situar a los lectores, a los personajes y a la acción y dejarlos interactuar para que la historia se vaya desarrollando con un determinismo inapelable. En los mundos de Lehane, las cosas pasan porque es lo que tiene que ocurrir en esas circunstancias y hay que mantener la dignidad hasta cuando se acaba hundido en la miseria. Este estilo narrativo tan único y personal del autor, su voz inconfundible que sirve de guía a lo largo de la historia sin ocultar nada pero escamoteando al mismo tiempo las revelaciones que irán apareciendo a su debido tiempo, esta perfecta dosificación de ingredientes en la novela es lo que hace que la historia implosione como una bomba de hidrógeno en la cabeza del lector.
Desgraciadamente, estos elementos de alguna manera se perdieron en su adaptación al cine, una película de un director magistral y un elenco de actores de primera línea que sin embargo se limita a contarnos la historia sin ser capaz de alcanzar la transcendencia que sí tenía la novela, a pesar de ser una adaptación bastante fiel de la misma. El poder mágico de la palabra puede ser invocado, repetido e incluso magnificado mediante el uso de la imagen y el sonido. Pero para ello hay que ir más allá de la reproducción de la mera peripecia anecdótica y adentrarse en las zonas más incómodas y oscuras, en las que esta novela se hunde hasta el fondo mientras que la película apenas llega a traspasar el umbral.



viernes, 8 de mayo de 2020

El narrador de películas – Gert Hofmann

Hay libros que llegan a tus manos por los caminos más insondables. Así oí hablar de este desconocidísimo libro al escritor Juan Gómez-Jurado en el indescriptible podcast Aquí hay dragones, donde citó un fragmento de la obra para ilustrar el trabajo de los narradores de películas: hombres que en los tiempos del cine mudo les explicaban a los espectadores los entresijos de la trama, les avisaban de los momentos cruciales del film y tocaban el piano para entretener los momentos de espera cuando se rompía la película o había que cambiarla.

Gert Hofmann recrea aquí su infancia como nieto de uno de esos narradores de películas en un pueblo perdido alemán de la Sajonia de los años 30. El trabajo del abuelo está llegando a su fin, porque la gente se ha cansado del cine mudo y el sonoro está a punto de llegar. Además, los cines van perdiendo popularidad con la crisis económica que sufre el país, mientras el nazismo irrumpe en la vida pública llenando las cabezas de la gente de fantasías más atractivas que las historias que les contaban las películas.
La historia de la industria cinematográfica alemana hasta la II Guerra Mundial me resulta fascinante por lo desconocida y por haber sido la cantera de donde saldrían muchos de los grandes nombres del Hollywood de las décadas posteriores. Las atrocidades cometidas por los alemanes han velado en gran medida sus contribuciones artísticas y científicas, que los vencedores de la guerra además hicieron suyas con gran alegría y pocos reparos. Este no es un libro histórico, sino la obra de un nieto que recupera su mirada de niño para recordar las andanzas con su abuelo en los tiempos en que las películas todavía eran contadas y que narra desde la inocencia infantil cómo unos hombres con más fantasía que cerebro se dejaron llevar por las promesas grandilocuentes de un futuro más próspero. Leerlo puede darnos una nueva perspectiva que no justifica nada pero que sí ilustra toda una realidad que ha quedado relegada a un segundo plano por el peso de la historia.



viernes, 1 de mayo de 2020

Las cárceles que elegimos – Doris Lessing


Doris Lessing es una de las personas a las que más admiro, por su vida y por su obra. Darle un premio Nobel tardío no empieza siquiera a compensar toda la falta de reconocimiento que sufrió su compleja obra, tan fácilmente encorsetada en etiquetas y recluida automáticamente en el rincón ideológico de turno.
En esta breve colección de ensayos, que recoge unas charlas que dio en 1986 en el marco de las Massey Lectures en Canadá, habla de una serie de temas que siguen siendo muy actuales en 2020 y da unas visiones bastante certeras sobre ellos. Los ensayos analizan los mecanismos de la psicología de grupo y la internalización de la presión externa, cómo la actuación personal puede verse sometida a la ideología del grupo de manera totalmente inconsciente por parte del sujeto. Algo que, en circunstancias extremas, va a llevar a comportamientos de los que el individuo quedará horrorizado sin ser capaz de entender cómo pudo llegar tan lejos.  Sus ejemplos son de guerras y de totalitarismos ideológicos porque estamos en 1986 y las redes sociales y el populismo del siglo XXI todavía no han hecho su aparición, pero no resulta difícil pensar en ejemplos más recientes de esta dinámica de grupo que tan certeramente describe.
La solución que propone es también tristemente actual: revalorizar la enseñanza de las humanidades, volver a colocar el estudio de la literatura, la historia, la psicología y la sociología en un lugar principal en el currículo escolar. Estas disciplinas enseñan al individuo a pensar por sí mismo, a desconfiar de eslóganes y de verdades fáciles y a desentrañar los mecanismos de manipulación que usan los fundamentalismos de cualquier signo, porque la historia y la literatura nos muestran lo inalterable de la naturaleza humana y lo predecible de los acontecimientos históricos. La auténtica élite social no será de quienes dominen la tecnología, que se va quedando obsoleta casi a tiempo real debido a la velocidad de los avances, sino de quienes sepan entender los entresijos del comportamiento humano en la sociedad.
«It seems to me, more and more, that we are being governed by waves of mass emotion, and while they last it is not possible to ask cool, serious questions. One simply has to shut up and wait, everything passes… But meanwhile, these cool, serious, dispassionate answers could save us.» (pg. 32)
Es el dominio de las humanidades y no de la tecnología, concluye Lessing, lo que puede marcar la diferencia a nivel de individuo en la evolución de nuestra sociedad. Pero, advierte, esto va a ser en última instancia la elección del propio individuo que decida ser consciente de los mecanismos de manipulación que se ejercen sobre él, en lugar de dejarse llevar plácidamente por la ideología que le impongan y cambiar de canal para ver Dallas. En los más de treinta años que han transcurrido desde entonces, la referencia televisiva es lo único que parece haber cambiado.



domingo, 26 de abril de 2020

La fortaleza de la soledad – Jonathan Lethem


 «For so long I’d thought Abraham’s legacy was mine: to retreat upstairs, unable or unwilling to sing or fly, only to compile and collect, to sculpt statues of my lost friends, like real actors, in my Fortress of Solitude.»
En esta novela semiautobiográfica de 2003, Jonathan Lethem lleva a cabo el exorcismo de su infancia y juventud de hijo de hippies blancos en el Brooklyn negro de los años 70 y 80. Y no lo hace precisamente desde la nostalgia. El punto de vista no es el del adulto que mira hacia atrás en su vida, sino que va recreando a lo largo de los sucesivos capítulos la visión sincrónica del niño / adolescente / joven / adulto en ese momento de su vida. Al principio el protagonista Dylan Elbus es un niño que tenía que sobrevivir al aburrimiento de cada uno de los interminables días de sus primeros años de vida, con el colegio y las calles como lugares hostiles donde no lograba integrarse sin que el hogar familiar fuera refugio alguno, porque el amor de sus padres no los capacitaba en absoluto para cuidar de su hijo.
Conforme Dylan van creciendo se va acelerando el ritmo de las vivencias y el paso subjetivo del tiempo, marcado por los referentes culturales de los años en los que vive y de las edades que atraviesa: los comics de Marvel, la música disco, soul y funky, el punk y la escena musical neoyorkina de finales de los 70. Dylan intenta escapar física y mentalmente del barrio que siente como una amenaza constante inventándose un superhéroe como alter ego, buscando estudiar en una universidad de postín donde poder reinventarse a sí mismo y fracasando estrepitosamente en estos intentos. Hasta que cree encontrar una especie de libertad vicaria en la música que le hablaba, irónicamente, de los orígenes de los que quería huir:
«Destroy de traces. I’d never tried to do that. Instead I’d lived in their midst for thirty years, oblivious, a blind man fancying himself invisible
 Como estrategia de supervivencia se crea su propia Fortaleza de la Soledad con las imágenes congeladas de su padre, de sus amigos, de la calle en la que creció y del barrio que lo aterrorizó todo el tiempo que vivió en él. Pero su vida adulta no es más que una impostura hasta que consigue salir de esa prisión interior en la que se ha recluido y lleva a cabo una peregrinación de penitencia a lo largo de los lugares y las personas del pasado. El confrontamiento con el estado actual de los mismos y con la realidad que nunca supo ver será lo que le permita por fin destruir las imágenes falsas de su juventud, abrazar la verdadera música que suena en su interior y emprender el camino del resto de su vida al ritmo de «Another Green World» de Brian Eno. Un final intenso y emotivo que hace bueno el esfuerzo de leerse las más de 500 páginas, bastante duras y a ratos farragosas, de este libro.



jueves, 16 de abril de 2020

El arco iris de gravedad – Thomas Pynchon


Leer algunos de los títulos intocables de la literatura es un desafío personal comparable al reto de escalar las cimas más altas del mundo. Es comprensible que haya a quien le cueste entender el placer de abrir Ulises, La broma infinita o ahora El arco iris de gravedad, y sumergirse en una lectura ardua, poco agradecida, no siempre interesante y que va a costar largas horas de la vida y alguna dioptría que otra. El lector que se embarque en esta hazaña se maldecirá a sí mismo muchas veces a lo largo de una lectura durante la cual habrá que atravesar desiertos, parajes inhóspitos, zonas de niebla y de profunda oscuridad. Pero que siempre compensa, porque en algún momento se acabará haciendo la luz y lo que se contemple entonces será de una belleza profunda e infinita, incomparable a la de ninguna otra lectura anterior o futura. O al menos hasta que llegue la siguiente montaña lectora que escalar, donde perderse por sus meandros, arriesgarse a la muerte por hipotermia en los pasajes más desoladoramente incomprensibles y finalmente morir otra vez de gozo ante una nueva perfección inesperada e indescriptible.

No puedo recomendarle a nadie que se lea este maravilloso libro. El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon es una auténtica locura de novela en la que el autor da rienda suelta a su pluma más desbocada, creando pasajes absurdos e incomprensibles, pero que suelen terminar en un par de frases que lo acaban poniendo todo en su sitio y dejan al lector descolocado de asombro y muerto de amor. Esto no es leer, es jugarse la cordura en cada página, y hay que ser muy adicto a la letra impresa para meterse en estos berenjenales.